Todas las entradas por Francisco Martínez

Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad.

Un año para recordar

“Año bisiesto, año siniestro”. Mi abuelo solía decir esto cada vez que febrero tenía 29 días. 2020 ha sido un siniestro total. Un microorganismo ha puesto contra las cuerdas a toda la humanidad y se ha llevado por delante muchos seres queridos y, junto a ellos, un modo de vida que termina y deja paso a uno que venía abriéndose camino desde hacía varias décadas. El mundo analógico agonizaba y el COVID-19 ha venido para rematarle.

Hoy escribo esta entrada para hacer un balance personal de lo que para mí ha sido el año 2020. Me apetece plasmar el agradecimiento que siento por todo lo que ha pasado en mi vida en este año aciago para muchos. Tengo razones para estar agradecido a pesar de que también me han pasado cosas malas, pero precisamente han sido esas cosas las que me han hecho tomar decisiones que me han llevado a un momento de felicidad que no había vivido nunca antes. No ha sido fácil y, desde luego, nunca podría haberlo hecho solo.

Ayer le decía a un amigo que pensara en cómo estaba el año pasado y analizara si, un año después, estaba mejor o peor. Su respuesta fue algo así como: “ya… visto así…”. Para eso está el calendario, contesté. Normalmente el calendario lo utilizamos para planificar todas las cosas que están por venir. Solemos ignorar las que hemos dejado atrás. Hacer retrospectiva ayuda a darse cuenta de aquello en lo que has fallado, en lo que has acertado y qué cosas tienden a repetirse. Echando la vista atrás, hace un año no tenía razones de peso para quejarme. Los que me conocen saben que soy una persona ambiciosa e inconformista y soy consciente de que siempre voy a encontrar razones para no estar satisfecho del todo. Sin embargo, hace 366 días estaba satisfecho con lo que hacía.

Al comenzar el 2020 hice el mismo balance que estoy haciendo ahora. Lo hice un poco más tarde de lo normal porque a final del año pasado tuve bastante trabajo y necesitaba desconectar. Al realizar dicho balance me di cuenta de que algunas piezas necesitaban alinearse para dar respuesta a las inquietudes que me acompañan desde hace varios años: ser mi propio jefe y hacer algo que esté alineado con mi manera de entender las cosas. Las semanas del del 2020 comenzaron a transcurrir y mi sensación de satisfacción se desvanecía. Las decisiones que tomamos no son las únicas que no afectan, y las decisiones que se estaban tomando en mi entorno me indicaban que algo no funcionaba. En estas llegó el COVID-19.

El confinamiento fue duro porque hacer lo que me pedían que hiciera era resignarme a hacer algo en lo que no creía. En todos los sentidos. El confinamiento acabó con mi fe en todo menos en Dios, en mi familia y en mí mismo. Hasta entonces, en lo profesional, siempre había estado esperando a que algo o alguien interviniera, intercediera o detonara los acontecimientos de manera que yo pudiera actuar. Después de mucho meditar y hablar con mi mujer y con mis padres inicié mi andadura en aquello a lo que había animado a muchos anteriormente: monté mi propia empresa: Emotionhack.

Al mismo tiempo que negociaba con mis socios también negociaba con el que estuvo a punto de ser mi socio en otra sociedad. En esos momentos, mis decisiones eran las que afectaban directamente a todo lo que iba a ser mi futuro de forma radical por primera vez en mucho tiempo. Era ilusionante, excitante y verdaderamente arriesgado. Mi entorno no entendía muy bien lo que ocurría y yo tampoco tenía tiempo para explicar las cosas en detalle. Las cosas iban muy rápido, llegó nuestro primer briefing y después, algo más pequeño, el segundo. Las propuestas y las métricas de la otra empresa donde trabaja eran prometedoras y la sensación era de felicidad aunque con cierta cautela porque la crisis se anticipaba muy grande. Era finales de junio y tan sólo había pasado un mes desde que había anunciado en mi anterior empresa que me iba.

La doctora me mandó directamente a urgencias tras palparme el cuello. Hacía unos días me había detectado un bulto debajo de la mandíbula mientras me afeitaba y llamé al ambulatorio. Me pidieron que fuera a recoger un volante para hacerme unas pruebas. Por razón del COVID un proceso de incertidumbre de varios meses y con multitud de pruebas se concentró en 12 horas. En urgencias la analítica confirmó que no tenía ninguna infección. Después de ser examinado por tres doctores el diagnóstico parecía reducirse a una sola opción: Un tumor. Llegué a casa después de medianoche sin saber muy bien qué añadir a la llamada telefónica que había tenido minutos antes con mi mujer. Nos abrazamos preocupados y esa fue la última vez que dejé que el miedo a esa pelota redonda que tenía debajo de la mandíbula me paralizara. Dos semanas después me confirmaron que la tumoración era benigna y que con una sencilla operación todo quedaría solucionado. Seguimos.

Esa misma semana firmamos en el notario la constitución de Emotionhack. El día de la firma una llamada inesperada se tradujo, en apenas 2 semanas, en una oferta de trabajo como director de Estrategia de la Fundación Universidad-Empresa (Universidad+Empresa es como me gusta a mí) y un nuevo horizonte que conectaba con buena parte del trabajo que llevo haciendo en el ámbito del talento y de la academia durante los últimos años. Mi mujer no quería ni oír hablar del tema. Mis socios menos.

Aceptar o rechazar la oferta no fue algo sencillo. Tomar una decisión de ese calado después de haber tomado recientemente decisiones de calado idéntico es algo que no suele ocurrir. Y menos en tiempos de pandemia. De alguna forma la vida me estaba poniendo a prueba y el tiempo para meditarlo era algo de lo que no podía abusar. Tomar decisiones implica ganar y perder y hay algunas pérdidas que te acompañan siempre. En esta ocasión confieso que he ganado mucho, la gente que me quiere dice que estoy recogiendo el fruto del trabajo previo, pero me llevo una pérdida de esas que no puedes describir con palabras. Julio de 2020.

Agosto dio tregua. Disfrutar de la familia fuera de casa, aunque sin hacer las locuras que muchos españoles han protagonizado este verano, fue como despertar de una pesadilla leve sabiendo que comienza el día y que tienes la energía y la fuerza para llevarte por delante lo que te echen.

Todo lo que ha venido después se podría resumir en palabras como: aprendizaje, realización, plenitud, satisfacción, orgullo, cautela o humildad. Firmar un contrato con una multinacional es algo que nunca había hecho antes de 2020. Ser el responsable de fijar la estrategia de una de las fundaciones más antiguas de España para estrechar los lazos entre la Universidad y la Empresa es algo que me motiva e ilusiona.

2020 será un año para recordar porque es el año en que confirmé que el trabajo duro y el esfuerzo tienen su recompensa. Que ser honesto y transparente suele llevar aparejado un precio que pocos están dispuestos a pagar pero que si lo pagas, el retorno que obtienes compensa con creces. Que formar tu propia familia exige dar lo mejor de ti mismo y que cuanto más des más recibes.

2020 se ha llevado muchas cosas de mi vida. Lo recordaré con especial cariño precisamente por eso. Ha dejado espacio a las que de verdad importan.

Adiós bella

Hace un mes cuando nos despedimos de ti no sabía que sería la última despedida. Creo que esas cosas casi nunca se pueden saber. Estabas un poco más delgada que la última vez que te habíamos visto, pero aún podía sentir energía en tus manos cuando apretabas las mías. Tu sonrisa al abrazar a tu biznieto y como lo achuchabas en tus brazos por primera vez me inundaron de felicidad y nos despedimos diciéndote que vendríamos a verte antes de Semana Santa. Aunque para tí eso no era importante, desafortunadamente tu condición mental hace mucho tiempo que te privó de ser consciente de muchas cosas.

La muerte es una mierda. No importa desde hace cuanto la veas venir. Que tuvieras 94 años y una salud mental deteriorada no me consuela. Sé que estás en un lugar mejor, con el abuelo, pero me revela pensar cómo nos has dejado. Sé que querías dejarnos, me lo dijiste muchas veces, y probablemente me las hubieras dicho muchas más si te hubiera visitado más a menudo.

La muerte es una mierda. Nos enfrenta a cosas que sabemos que podríamos haber hecho mejor. Hay que tener valor para enfrentarlas porque en momentos como este lo más fácil es ignorarlas. Pero también nos recuerda los buenos momentos y no olvidaré nunca tu sonrisa al levantar la mirada y reconocer mi cara. Nunca olvidaré lo orgullosa que estabas de mí y de eso presumiré siempre.

La muerte es una mierda. Por eso la hemos desterrado de nuestras vidas. Ha tenido que venir una pandemia como la que estamos viviendo para sacudir nuestras conciencias. Aún hay muchas que no se han movido un ápice y algunas no se moverán. Estos momentos nos recuerdan que los ritos que rodean a la muerte son los que nos permiten seguir adelante. Junto a ti miles de personas han muerto y lo seguirán haciendo. La gran mayoría de ellos no podrán ser despedidos por sus seres queridos hasta dentro de mucho tiempo. Sus restos, junto con los tuyos, descansarán en una morgue. No sé en cuál de las dos que hay ahora mismo en Madrid.

La muerte es una mierda. Pero puede ser aún peor. Los que hemos visto morir a nuestros seres queridos sabemos la importancia que tiene estar acompañado en el momento más terrorífico de nuestra existencia como seres humanos. Tú te has ido sola, nunca sabré si sufriste o no, porque nadie nos dirá la verdad. No sabemos cuando podremos enterrarte junto al abuelo y no tengo ni remota idea de cuando podré dar un abrazo a mamá, a los tíos o a los primos.

Sé que no querías irte así y por eso siento una mezcla de tristeza y rabia. No debería ser así, pero no lo puedo evitar. Te quiero abuela. Descansa en paz y dale un achuchón al Abi de mi parte. No os olvidaremos nunca.

AlexA, PON MUSICA DE CUARENTENA

Muchos llevamos más de una semana encerrados en casa. El COVID-19 se ha convertido en el protagonista del 2020 y, sin duda, será uno de los protagonistas de la primera mitad del S. XXI. Un recién llegado, con apenas unos meses de vida, e invisible a nuestros ojos. El COVID-19 ha invadido nuestras vidas de manera impredecible y que sólo algunas mentes privilegiadas como la de Bill Gates anticiparon hace apenas cinco años. De un plumazo han quedado en un segundo plano cosas tales como la automatización del trabajo, el bitcoin, las crisis de los refugiados o el colonizar Marte.

En apenas 12 años el habrá vivido dos de las crisis más brutales que recuerda la historia de la humanidad. La gran recesión de 2007 (great recession es como se reconoce la crisis de 2007 en el mundo anglosajón) y la que vamos a vivir en los próximos meses como consecuencia de un coronavirus. En determinados lugares, como por ejemplo Alemania, donde Volkswagen ha detenido toda la producción de automóviles, la actividad económica no había sufrido semejante impacto desde la II Guerra Mundial. Con razón se dice que estamos viviendo una guerra. Sin embargo, muy pocos en Occidente recuerdan cómo se vive una guerra. Los que somos aficionados al cine bélico podemos llegar a imaginar qué supone un combate y cómo en momentos extremos aflora lo mejor y lo peor del ser humano. Ahora bien, imaginar y vivir en las propias carnes es algo muy distinto. Basta con preguntar a cualquier médico que está en Urgencias en momentos como el actual.

Por otro lado, en esta guerra el enemigo no es el tradicional de las guerras que vemos en el cine. Se trata de un enemigo invisible y la munición que necesitamos para no abunda en nuestra sociedad: autodisciplina, austeridad, paciencia u obediencia son difíciles de encontrar cuando estamos acostumbrados a la inmediatez, a la abundancia, a ser impulsivos o a cuestionar el statu quo. Diversos hechos vividos en nuestro país ponen de manifiesto que vamos a sufrir muchas más bajas de las que pensamos en este combate contra el COVID-19. Un Vicepresidente del Gobierno que se salta la cuarentena sistemáticamente cuando el resto de la población está confinada en sus casas podría ser anecdótico sino fuera porque el propio Presidente del Gobierno también debería estar en cuarentena. La ejemplaridad de nuestros dirigentes públicos parece haber sido la primera víctima del coronavirus. En este contexto, que, hasta el 19 de marzo, tan sólo en la ciudad de Madrid se hayan puesto 2.507 denuncias por el incumplimiento de las restricciones de tránsito podría parecer hasta una buena señal.

La realidad es cruel cuando se ignora durante demasiado tiempo y, de momento, parece que muchos siguen ignorándola. Bajo mi punto de vista, la falta de humildad de los países occidentales ha determinado que Europa se haya convertido en el principal foco mundial del coronavirus con 127.384 casos confirmados a la hora de publicar este post. Cerca del 50% de los casos confirmados a nivel mundial se concentran en la Unión Europea.

Si a esto añadimos que en Europa casi el 20% de la población tiene más de 65 años todo apunta a nos convertiremos en el continente con más víctimas del COVID-19. Esto es algo de lo que todavía parecemos no darnos cuenta y está claro que es uno de los elefantes más grandes de la habitación. Es importante darse cuenta de que a día de hoy más de la mitad de las víctimas mortales del COVID-19 se han producido en Europa. 6.376 de un total de 11.868 a nivel mundial.

Se ha dicho que esta crisis cambiará la forma en la que viviremos en el futuro. No se trata de una crisis financiera como la de 2007. Se trata de una crisis mucho más profunda, que afecta no sólo a los mercados financieros, sino a nuestra forma de vivir y de relacionarnos. No sé si algunos narcóticos como que Amazon siga aceptando nuestros pedidos, que se permita seguir yendo a trabajar en lugar de hacerlo desde nuestras casas o que los supermercados sigan abiertos nos benefician o nos perjudican. La bronca de este médico chino de la Cruz Roja, que se ha desplazado desde Wuhan para ayudarnos a luchar contra el COVID-19, me hace pensar que aún estamos lejos de entender de qué va la cosa.

No puedo terminar este artículo sin referir que, sin duda, hay elementos positivos, solo faltaría. Los aplausos a las 20h a todos los que luchan sin descanso por salvar vidas, las iniciativas para fabricar dispositivos médicos para paliar la escasez de estos, o la creación de apps para evitar el colapso de los números de los centros de salud son noticias estupendas que, sin embargo, se diluyen como gotas de agua en un océano de víctimas, de egos y de descoordinación que nos arrastran hasta el fondo del mismo. A pesar de todo ello, nos queda el consuelo de pedirle a Alexa que ponga música de cuarentena.

Un lustro madrileño

Desafortunadamente ya no escribo con la frecuencia con la que solía en este blog al que tanto tiempo he dedicado en el pasado. Sin embargo, cada año cuando recibo el correo invitándome a renovar mi plan de wordpress o mi dominio no puedo evitar dejar de hacerlo. No sé si será la nostalgia de otros tiempos donde mi pasión por escribir era más fuerte que mis quehaceres diarios e irremediablemente acababa frente a la pantalla del ordenador varias horas escribiendo mis pensamientos, reflexiones o preocupaciones. He de reconocer que he seguido escribiendo, pero textos que están sin finalizar y, que espero, que algún día pueda compartir con vosotros.

Hoy he decidido a volver a sentarme frente a la pantalla y el teclado para compartir un post muy parecido al que escribí hace 5 años. Un post personal e introspectivo que encuentra su génesis en el deseo de compartir con vosotros una noticia que leía esta mañana. Pero, vayamos por partes.

Hace cinco años escribía sobre el deseo que tenía de volver de vacaciones y empezar mi nueva etapa en Madrid. Recuerdo muy bien la ilusión y las ganas que tenía de comerme el mundo. El ansia de dejar atrás siete años de sacrificio en pos de un puesto de Registrador de la Propiedad, y, particularmente, los tres últimos años donde era plenamente consciente que aquello de ser funcionario público no iba con mi manera de ser.

En mi experiencia, Madrid ha sido como uno de esos lugares mágicos que describe la literatura o vemos en el cine. En apenas cinco años he tenido ocasión de descubrir un nuevo “Paco/Fran” (en Madrid muy pocos me llaman Fran, pero en Valencia aún quedan muchos amigos y familiares que me llaman Fran). La forma más fácil de que entendáis a lo que me refiero es que desde hace tres años cuando digo que estudié derecho mucha gente se queda desconcertada. Economía son los estudios que me suele atribuir aquellos que, sin conocerme, charlan conmigo durante un rato. Pero, también me han encasillado como ingeniero, sociólogo o psicólogo. Creo que la razón de ello es que para mí Madrid es un lugar donde puedo hablar y debatir constructivamente de lo que me apasiona en cualquier momento y con cualquier persona y, quien me conoce, sabe que soy un apasionado de cosas dispares, pero, sobre todo, soy un apasionado de la vida.

Creo firmemente que mi pasión por la vida es la que me ha rodeado de las personas que han hecho posible que este lustro haya sido para enmarcar. La razón de las cosas que nos pasan en nuestra vida está estrechamente vinculada con las personas con las que nos encontramos mientras la recorremos y en cómo nos relacionamos con esas personas. Lo más importante de estos cinco años han sido las personas que he conocido, empezando, como no podría ser de otra manera, por mi mujer. Muchos pensaron que nos casábamos, apenas un año después de conocernos, porque le había dejado embarazada. Nada más lejos de la realidad, estábamos enamorados y queríamos casarnos porque sabíamos que no nos separaremos nunca. España, tan avanzada para algunas cosas y tan rancia para otras, es un mosaico de creencias nacidas en la ignorancia que cuando piensas sobre ello lamentas que la gente saque conclusiones sin preguntar. Y, como ocurre en las novelas, después de conocerla mi vida cambió para siempre. A partir de entonces, continuaron sucediéndose acontecimientos como el que me había traído a Madrid apenas 6 meses antes, pero, a mayor velocidad. Es paradójico que mi vida profesional haya estado ligada a la palabra “acelerar” durante todo este tiempo. Así es como siento que está ocurriendo todo, y así es como vengo deseando que ocurra. De hecho, los mayores momentos de frustración durante estos cinco años han tenido que ver con situaciones donde veía que no podía crecer tan rápido como quería. Momentos en los que aprendes que hay veces que es mejor esperar y, que, en otras ocasiones, es mejor dar un puñetazo en la mesa porque de lo contrario tu destino se puede torcer.

Perdonad, yo estoy escribiendo esto por otra razón ¿Cuál es la noticia que me ha llevado a sentarme delante del teclado y el ordenador? El descubrimiento de que podemos alargar hasta un 15% nuestros años de vida gracias a ser optimistas. Un estudio realizado en EE.UU. con más de 70.000 personas a lo largo de 30 años concluye que tener una mirada optimista de la vida está asociado con vivir significativamente más años. Cuando lo he leído me he acordado de las conversaciones que tenemos en casa acerca del gobierno de España, de los problemas que tiene la Unión Europea, de la próxima crisis económica o de cómo ignoramos constantemente la falta de privacidad y de libertad en nuestra sociedad. Son conversaciones donde la parte optimista, desde luego, no la pongo yo. Sin embargo, a pesar de esas preocupaciones no me considero pesimista por el hecho de que no me resigno. Los que me conocen saben bien que no paro ni un minuto y que cuando estoy acabando de hacer algo ya he pensado en lo que voy a hacer después. Aprender a programar, seguir formándome en disciplinas que me llaman la atención, el ser partícipe de iniciativas civiles y religiosas o ser impulsor de alguna de ellas es algo que me ocupa y cuya razón de ser se encuentra en que tengo fe en que las cosas pueden seguir mejorando si en lugar de quedarnos de brazos cruzados tomamos la iniciativa y salimos de nuestra zona de confort.

Conectando el inicio de mi post con esta última reflexión, me doy cuenta de que Madrid y todas las personas que he conocido en estos cinco años tienen buena parte de culpa de que no me resigne. Todas esas personas saben perfectamente quienes son, a todas y cada una de ellas, GRACIAS.