Todas las entradas por Francisco Martínez

Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad.

Las verdaderas dos españas

Llevo mucho tiempo sin escribir de política en este blog. Hace un tiempo que decidí ignorar el clima político de España y centrarme en cosas más productivas para mi vida y mi futuro. El hartazgo al que me llevó el bajísimo nivel de nuestros dirigentes me hizo desconectar deliberadamente de la actualidad política y de su insoportable mediocridad.

Vuelvo a retomar el tema político porque creo que merece dedicar algo de energía a los acontecimientos que estamos viviendo. No sé si se han olvidado, pero seguimos en Estado de Alarma. Se está utilizando para contener la propagación del COVID-19. Sin embargo, desafortunadamente no estamos consiguiendo vacunar a la población al ritmo deseado y nuestras libertades se verán mermadas más tiempo del que nos gustaría. Nos han mentido tanto que aceptamos que lo mejor que podemos hacer es resignarnos. Nos conformamos con pensar que los dirigentes que tenemos dan lo que dan y esperar más de ellos es pedir peras al olmo.

No obstante, nuestros dirigentes no tienen bastante con ser mediocres. Pareciera no ser suficiente para tenerles ocupados que el salario en España cayera más del doble que en el resto de Europa o que cerca de la mitad de los jóvenes de 25 años esté en el paro. No, en realidad eso no es algo que les preocupe lo más mínimo. Como se ha puesto de manifiesto durante las dos últimas semanas, es mucho más urgente empezar a hacer cambalaches para coger el sitio y tener poder para gestionar los fondos que van a llegar de Europa para salir la crisis. Ya saben, todos los partidos de nuestro país tienen como máxima: Hay que gastar para que te voten. ¿Qué mejor oportunidad para ganar las próximas elecciones que estar a los mandos cuando entren los millones que vienen de Europa? Esta es la verdadera razón que estriba detrás del movimiento PSOE-Ciudadanos. La corrupción es la excusa más vieja y menos creíble, a la vista de lo corruptos que son todos, para promover una moción de censura. La realidad es que hay que evitar a toda costa que los gobiernos regionales del PP puedan gestionar los fondos de recuperación. ¿Saben lo que le importa eso al español que trabaja a destajo o que se ha quedado sin empleo como consecuencia del COVID-19? Le importa un bledo.

El espectáculo que estamos presenciando es vomitivo. La dimisión del vicepresidente del Gobierno para presentarse como candidato a la Comunidad de Madrid es un esperpento de dimensiones cósmicas. Pero es mucho peor la reacción del presidente Sánchez. Las declaraciones que hizo en París al enterarse de la dimisión de Pablo Iglesias ponen de manifiesto que le sentó como una patada en los mismísimos. Lo más triste de todo este serial de despropósitos es que si a nuestros dirigentes realmente les importáramos una noticia como la que anunció Pablo Iglesias esta semana, detonando la primera crisis del gobierno de coalición, hubiera abierto la puerta a un nuevo gobierno de coalición. Casado y Sánchez deberían haber aprovechado la ocasión para ponerse de acuerdo y hacer lo que realmente necesita España y los españoles: que los dos principales partidos de España trabajen codo con codo para sacarnos de la crisis que tenemos encima y que lejos de mejorar va a empeorar mucho en los próximos meses.

No lo verán nuestros ojos. Y así se escribe la historia de las verdaderas dos Españas, la de los políticos que viven de espaldas a las necesidades de los españoles y la de los españoles que lloramos la falta de altura de nuestros dirigentes. Pónganse de acuerdo o váyanse a sus casas.  Pero dejen de amargarnos la vida.

Un reto, una pasion, un objetivo

Un reto, una pasión, un objetivo.

Ruido. Se escucha mucho ruido. Palabras vacías que se repiten una y otra vez. No importa el día o la hora. No importa el lugar. Se han repetido tantas veces que han perdido el significado y pronunciarlas produce indiferencia o desconfianza.

De un tiempo a esta parte uno teme, al ver que la historia se ha repetido tantas veces, que el desarrollo de nuestro presente tendrá el mismo desenlace que nuestro pasado. Un pasado amargo y lánguido que parece que no termina de quedar en el olvido.

Vivimos tiempos complejos, los mismos que me trajeron a escribir a este blog hace más de diez años. Decíamos entonces que vivimos en un mundo donde todo va muy deprisa. Demasiado deprisa. Ahora parece que se ha detenido. Echando la vista atrás uno se da cuenta de que hemos avanzado menos de lo que cabría esperar. Quien piense lo contrario tal vez sea más optimista que yo.

El problema se encuentra en el hecho de que probablemente lo que yo entiendo como “avance” no tenga nada que ver con lo que piensa un buen número de españoles. De alguna forma, la brújula que llevamos dentro se atrofia a medida que sufrimos los embates de la vida.

Yo quería cambiar el mundo y me metí en política. Yo quería cambiar el mundo y abandoné la política. Las respuestas no están en la política y, mucho menos, en los políticos. Nos inducen a pensar que es así, pero no es cierto. Las respuestas están en cada uno de nosotros mismos. Yo no te puedo convencer de que te preguntes a ti mismo si lo que dice fulano o mengano es creíble. Desde luego que lo será si tú piensas que lo que dice fulano o mengano es verdad. Sin embargo, fulano y mengano han mentido tantas veces que deberías a preguntarte si lo que crees es porque piensas por ti mismo o están pensando por ti.

No es fácil pensar por uno mismo. Cuesta trabajo, mucho. Conlleva tiempo, mucho. Un tiempo que le quitas a tu familia, a tus amigos, a Instagram y a TikTok. Lo más difícil de pensar por uno mismo, sin embargo, no es nada de eso. Lo más difícil es tratar de encontrar los argumentos que justifican que los que piensan algo distinto a ti están equivocados. Sino los encuentras entonces debes repensar tus creencias. Sino te molestas en encontrarlos, eres poco más que una ameba.

Un reto, una pasión, un objetivo. No caer en lo que caen muchos otros. Demostrar con hechos los verbos que pronuncian mis labios. Algunas palabras se han repetido muchas veces, pero no se repiten lo suficiente porque parece que todavía no se entienden: Honor, valor, verdad, amor.

No importa cuántas veces se repita la historia mientras creas que tú estás llamado a cambiar su curso.

Un reto, una pasión, un objetivo. Haz que las tres cosas sean lo mismo y disfrutarás. Yo ya lo hago.

Un año para recordar

“Año bisiesto, año siniestro”. Mi abuelo solía decir esto cada vez que febrero tenía 29 días. 2020 ha sido un siniestro total. Un microorganismo ha puesto contra las cuerdas a toda la humanidad y se ha llevado por delante muchos seres queridos y, junto a ellos, un modo de vida que termina y deja paso a uno que venía abriéndose camino desde hacía varias décadas. El mundo analógico agonizaba y el COVID-19 ha venido para rematarle.

Hoy escribo esta entrada para hacer un balance personal de lo que para mí ha sido el año 2020. Me apetece plasmar el agradecimiento que siento por todo lo que ha pasado en mi vida en este año aciago para muchos. Tengo razones para estar agradecido a pesar de que también me han pasado cosas malas, pero precisamente han sido esas cosas las que me han hecho tomar decisiones que me han llevado a un momento de felicidad que no había vivido nunca antes. No ha sido fácil y, desde luego, nunca podría haberlo hecho solo.

Ayer le decía a un amigo que pensara en cómo estaba el año pasado y analizara si, un año después, estaba mejor o peor. Su respuesta fue algo así como: “ya… visto así…”. Para eso está el calendario, contesté. Normalmente el calendario lo utilizamos para planificar todas las cosas que están por venir. Solemos ignorar las que hemos dejado atrás. Hacer retrospectiva ayuda a darse cuenta de aquello en lo que has fallado, en lo que has acertado y qué cosas tienden a repetirse. Echando la vista atrás, hace un año no tenía razones de peso para quejarme. Los que me conocen saben que soy una persona ambiciosa e inconformista y soy consciente de que siempre voy a encontrar razones para no estar satisfecho del todo. Sin embargo, hace 366 días estaba satisfecho con lo que hacía.

Al comenzar el 2020 hice el mismo balance que estoy haciendo ahora. Lo hice un poco más tarde de lo normal porque a final del año pasado tuve bastante trabajo y necesitaba desconectar. Al realizar dicho balance me di cuenta de que algunas piezas necesitaban alinearse para dar respuesta a las inquietudes que me acompañan desde hace varios años: ser mi propio jefe y hacer algo que esté alineado con mi manera de entender las cosas. Las semanas del del 2020 comenzaron a transcurrir y mi sensación de satisfacción se desvanecía. Las decisiones que tomamos no son las únicas que no afectan, y las decisiones que se estaban tomando en mi entorno me indicaban que algo no funcionaba. En estas llegó el COVID-19.

El confinamiento fue duro porque hacer lo que me pedían que hiciera era resignarme a hacer algo en lo que no creía. En todos los sentidos. El confinamiento acabó con mi fe en todo menos en Dios, en mi familia y en mí mismo. Hasta entonces, en lo profesional, siempre había estado esperando a que algo o alguien interviniera, intercediera o detonara los acontecimientos de manera que yo pudiera actuar. Después de mucho meditar y hablar con mi mujer y con mis padres inicié mi andadura en aquello a lo que había animado a muchos anteriormente: monté mi propia empresa: Emotionhack.

Al mismo tiempo que negociaba con mis socios también negociaba con el que estuvo a punto de ser mi socio en otra sociedad. En esos momentos, mis decisiones eran las que afectaban directamente a todo lo que iba a ser mi futuro de forma radical por primera vez en mucho tiempo. Era ilusionante, excitante y verdaderamente arriesgado. Mi entorno no entendía muy bien lo que ocurría y yo tampoco tenía tiempo para explicar las cosas en detalle. Las cosas iban muy rápido, llegó nuestro primer briefing y después, algo más pequeño, el segundo. Las propuestas y las métricas de la otra empresa donde trabaja eran prometedoras y la sensación era de felicidad aunque con cierta cautela porque la crisis se anticipaba muy grande. Era finales de junio y tan sólo había pasado un mes desde que había anunciado en mi anterior empresa que me iba.

La doctora me mandó directamente a urgencias tras palparme el cuello. Hacía unos días me había detectado un bulto debajo de la mandíbula mientras me afeitaba y llamé al ambulatorio. Me pidieron que fuera a recoger un volante para hacerme unas pruebas. Por razón del COVID un proceso de incertidumbre de varios meses y con multitud de pruebas se concentró en 12 horas. En urgencias la analítica confirmó que no tenía ninguna infección. Después de ser examinado por tres doctores el diagnóstico parecía reducirse a una sola opción: Un tumor. Llegué a casa después de medianoche sin saber muy bien qué añadir a la llamada telefónica que había tenido minutos antes con mi mujer. Nos abrazamos preocupados y esa fue la última vez que dejé que el miedo a esa pelota redonda que tenía debajo de la mandíbula me paralizara. Dos semanas después me confirmaron que la tumoración era benigna y que con una sencilla operación todo quedaría solucionado. Seguimos.

Esa misma semana firmamos en el notario la constitución de Emotionhack. El día de la firma una llamada inesperada se tradujo, en apenas 2 semanas, en una oferta de trabajo como director de Estrategia de la Fundación Universidad-Empresa (Universidad+Empresa es como me gusta a mí) y un nuevo horizonte que conectaba con buena parte del trabajo que llevo haciendo en el ámbito del talento y de la academia durante los últimos años. Mi mujer no quería ni oír hablar del tema. Mis socios menos.

Aceptar o rechazar la oferta no fue algo sencillo. Tomar una decisión de ese calado después de haber tomado recientemente decisiones de calado idéntico es algo que no suele ocurrir. Y menos en tiempos de pandemia. De alguna forma la vida me estaba poniendo a prueba y el tiempo para meditarlo era algo de lo que no podía abusar. Tomar decisiones implica ganar y perder y hay algunas pérdidas que te acompañan siempre. En esta ocasión confieso que he ganado mucho, la gente que me quiere dice que estoy recogiendo el fruto del trabajo previo, pero me llevo una pérdida de esas que no puedes describir con palabras. Julio de 2020.

Agosto dio tregua. Disfrutar de la familia fuera de casa, aunque sin hacer las locuras que muchos españoles han protagonizado este verano, fue como despertar de una pesadilla leve sabiendo que comienza el día y que tienes la energía y la fuerza para llevarte por delante lo que te echen.

Todo lo que ha venido después se podría resumir en palabras como: aprendizaje, realización, plenitud, satisfacción, orgullo, cautela o humildad. Firmar un contrato con una multinacional es algo que nunca había hecho antes de 2020. Ser el responsable de fijar la estrategia de una de las fundaciones más antiguas de España para estrechar los lazos entre la Universidad y la Empresa es algo que me motiva e ilusiona.

2020 será un año para recordar porque es el año en que confirmé que el trabajo duro y el esfuerzo tienen su recompensa. Que ser honesto y transparente suele llevar aparejado un precio que pocos están dispuestos a pagar pero que si lo pagas, el retorno que obtienes compensa con creces. Que formar tu propia familia exige dar lo mejor de ti mismo y que cuanto más des más recibes.

2020 se ha llevado muchas cosas de mi vida. Lo recordaré con especial cariño precisamente por eso. Ha dejado espacio a las que de verdad importan.

Adiós bella

Hace un mes cuando nos despedimos de ti no sabía que sería la última despedida. Creo que esas cosas casi nunca se pueden saber. Estabas un poco más delgada que la última vez que te habíamos visto, pero aún podía sentir energía en tus manos cuando apretabas las mías. Tu sonrisa al abrazar a tu biznieto y como lo achuchabas en tus brazos por primera vez me inundaron de felicidad y nos despedimos diciéndote que vendríamos a verte antes de Semana Santa. Aunque para tí eso no era importante, desafortunadamente tu condición mental hace mucho tiempo que te privó de ser consciente de muchas cosas.

La muerte es una mierda. No importa desde hace cuanto la veas venir. Que tuvieras 94 años y una salud mental deteriorada no me consuela. Sé que estás en un lugar mejor, con el abuelo, pero me revela pensar cómo nos has dejado. Sé que querías dejarnos, me lo dijiste muchas veces, y probablemente me las hubieras dicho muchas más si te hubiera visitado más a menudo.

La muerte es una mierda. Nos enfrenta a cosas que sabemos que podríamos haber hecho mejor. Hay que tener valor para enfrentarlas porque en momentos como este lo más fácil es ignorarlas. Pero también nos recuerda los buenos momentos y no olvidaré nunca tu sonrisa al levantar la mirada y reconocer mi cara. Nunca olvidaré lo orgullosa que estabas de mí y de eso presumiré siempre.

La muerte es una mierda. Por eso la hemos desterrado de nuestras vidas. Ha tenido que venir una pandemia como la que estamos viviendo para sacudir nuestras conciencias. Aún hay muchas que no se han movido un ápice y algunas no se moverán. Estos momentos nos recuerdan que los ritos que rodean a la muerte son los que nos permiten seguir adelante. Junto a ti miles de personas han muerto y lo seguirán haciendo. La gran mayoría de ellos no podrán ser despedidos por sus seres queridos hasta dentro de mucho tiempo. Sus restos, junto con los tuyos, descansarán en una morgue. No sé en cuál de las dos que hay ahora mismo en Madrid.

La muerte es una mierda. Pero puede ser aún peor. Los que hemos visto morir a nuestros seres queridos sabemos la importancia que tiene estar acompañado en el momento más terrorífico de nuestra existencia como seres humanos. Tú te has ido sola, nunca sabré si sufriste o no, porque nadie nos dirá la verdad. No sabemos cuando podremos enterrarte junto al abuelo y no tengo ni remota idea de cuando podré dar un abrazo a mamá, a los tíos o a los primos.

Sé que no querías irte así y por eso siento una mezcla de tristeza y rabia. No debería ser así, pero no lo puedo evitar. Te quiero abuela. Descansa en paz y dale un achuchón al Abi de mi parte. No os olvidaremos nunca.