Archivo de la etiqueta: Sociedad

Robin Hood del S. XXI

Ha tenido lugar un hecho delictivo, un asalto a un supermercado protagonizado por un sindicato y dirigido por un diputado. El objeto era entregar la mercancía robada a un banco de alimentos para que fuera repartido entre las personas necesitadas. La excusa para hacerlo, entre otras, es que los supermercados tiran a la basura los alimentos perecederos cuando podrían repartirla entre esas personas.
Diversas noticias han puesto de manifiesto que eso ya se hace en muchos supermercados. Lo desconozco. Es probable que algunos lo hagan, dudo que lo haga la totalidad de ellos. Esto es algo cuestionable habida cuenta de la situación que atraviesan un considerable número de familias españolas, puede que fuera conveniente investigar esa situación y en base a una información sólida decidir lo que se debería hacer. Pero asaltarlo por la fuerza en base a supuesto interés general, de momento en España, es un delito.

Dicho esto, no podemos caer en la trampa que Sánchez Gordillo y sus secuaces están tendiendo a muchos españoles. Expropiar no es robar. Lo que ocurre es que el grado de desesperación está alcanzando cotas considerables. Y las noticias de indultos a auténticos delincuentes, que son indultados por el hecho de ser políticos, no ayudan a rebajar ese grado de desesperación.
Los dirigentes a la hora de dar un indulto, a la hora de recortar al ciudadano antes que recortarse a ellos mismos, a la hora de vociferar en el parlamento o a la hora de pensar en poner una embajada autonómica deberían acordarse del episodio que ha protagonizado Sánchez Gordillo. Es en situaciones como las que vivimos en la actualidad cuando el pueblo desconecta del todo el interruptor y cegado por las vicisitudes del momento sigue como un cabestro el camino que le indica el populista de turno.
El episodio populista y delictivo de Sánchez Gordillo ya ha tenido repercusión internacional y todo hace pensar en que no va a ser el último. Los medios de comunicación, en pleno mes de agosto, sin carnaza que vender, van a hacer muy grande esta pelota, saben que el tema de la prima de riesgo está muy manido, y que el fantasma del rescate a fuerza de tanto repetirse ha terminado por acostumbrar al ciudadano, ya casi ni se teme. De modo que preparémonos, tenemos populismo para rato.

En tiempos normales es fácil desacreditar el populismo, pero no vivimos tiempos normales, y como he reseñado, la gente está cansada y con razón. El problema es que ese cansancio, esa hartazón, como he señalado, les ciega, les lleva a creer que la vida es un cuento, que Sánchez Gordillo es Robin Hood, y que robar al rico está bien cuando es para dárselo al pobre.
Olvidan que Robin Hood está ambientado en la Edad Media, donde imperaba la ley del más fuerte, y donde los ricos única y exclusivamente eran los dirigentes y sus subordinados. Olvidan que Robin Hood vivía en el bosque, proscrito y pasando penurias, no era diputado, ni alcalde, ni sindicalista. Olvidan que Robin Hood no tenía nada y que Sánchez Gordillo lleva treinta años en política.
El problema es que aunque se lo recuerdes no hay donde elegir, la sociedad que nos dimos entre todos para evitar que los Robin Hoods fueran necesarios se ha degradado hasta límites insospechados, que llevan a muchos a ver espejismos, a ver oasis donde sólo hay desierto y lo que es peor, a justificar hechos delictivos sobre los hechos delictivos que otros han cometido, cuando los unos y los otros deben ser condenados indefectiblemente.

Lo ocurrido y lo que le rodea es un síntoma preocupante. La lógica abandonó hace mucho tiempo el campo de la política, fue sustituida por el interés propio, y cuando a uno se le otorga el poder para que gobierne en aras de un interés colectivo y hace lo contrario el que otorga el poder lo acusa, lo padece y llega un punto en que se cansa. Una sociedad cansada es una sociedad irascible y hay que tener cuidado con lo que se hace y como se hace en momentos tan delicados. Ahora sólo falta que los dirigentes tomen buena nota de esto.
A los que aún veis algo de luz, no os dejéis engañar, Sánchez Gordillo no es el Robin Hood del S. XXI, es el inductor de un delito. Condenar ese hecho no es justificar un delito más grave. Perseguir un delito es algo que no se debe dejar de hacer nunca si queremos que la paz social no termine por quebrarse del todo. Exigir que se persiga a los delincuentes y protestar cuando son indultados injustamente es algo que deberíamos hacer más a menudo, no sólo cuando las cosas nos van mal.

Reflexiones sobre la Justicia y el Derecho (I)

En el post que más visitas ha recibido este blog hablaba de un concepto algo abstracto: La justicia “social”. He de precisar que, strictu sensu, la justicia social, como me recordó algún compañero de carrera, hace referencia a la jurisdicción laboral. Derecho social y derecho de los trabajadores son sinónimos. También se alude a la vertiente social del derecho como aquella que se ocupa de las cuestiones más estrictamente sociales, términos como “Seguridad Social” no son aleatorios, aunque pueda parecerlo.

Obviamente cuando yo aludía a la justicia “social” estaba haciendo referencia a otra cosa bien distinta. Muchas preguntas me hicieron entonces acerca de la justicia, así que este va a ser el primero, y espero que no el último, de una serie de post donde tengo intención de reflexionar, sin ser exhaustivo en todas mis afirmaciones, sobre la Justicia y el Derecho. 

Todos tenemos una idea de lo que debe ser la justicia, pero cuando nos preguntan que definamos lo que es la justicia difícilmente se puede hacer sin aludir a lo justo o a lo injusto. Lo más fácil para explicar lo que es justicia es referir un supuesto de hecho y calificarlo como justo o injusto.
En algunos casos es muy fácil determinar cuando un hecho es justo o injusto, pues la visión de las personas acerca de un mismo hecho es idéntica. Sin embargo, no ocurre así con todo. Cuanto más complejo es un hecho, más complejo resulta determinar si es justo o no.

Un caso que me llamó mucho la atención en la carrera fue el de los juicios de Nüremberg. Hasta que llegué a la carrera nunca me había planteado sí las condenas que dictaba aquel tribunal eran justas o injustas. Para mí era una obviedad que aquellos que habían protagonizado y dirigido la mayor masacre de la humanidad pagaran sus crímenes y que eso era justo.
No obstante, el hecho de que algo parezca a priori parezca justo no significa que lo sea. La justicia debe entenderse como una suma de principios, o de garantías, para asegurarnos que aquellos que creemos justo, realmente lo sea. Una de estas garantías es el derecho a un juez imparcial. ¿Qué juez podía ser imparcial después de la II Guerra Mundial? Probablemente más de uno, pero difícilmente uno que perteneciera al bando aliado; puede que lo fuera, pero formalmente es un dato llamativo. En la grandísima película Vencedores o Vencidos se revela esta contradicción en algunos pasajes de la misma.

Partiendo de este supuesto de hecho, en el que espero haberos revelado que en el mundo del derecho no hay blanco y negro, cabe preguntarnos: ¿Justicia y derecho coinciden? La mayoría imagino que inmediatamente contestará: No.
Y esa es la realidad. Pero la respuesta no debe ser tan taxativa. No siempre, es en mi opinión, la respuesta adecuada.

Siempre he tenido la manía de hacer una comparación un tanto atrevida, para mí el derecho es a la sociedad lo que la medicina al cuerpo humano. Me explico. La medicina es la ciencia dedicada al estudio de la vida, la salud, las enfermedades y la muerte del ser humano. Mientras que el derecho, en mi opinión, no es un mero conjunto normativo. Obviamente es un conjunto normativo por el que se rige una sociedad, pero al igual que la propia sociedad es una realidad viva y que trata de responder a las necesidades de la misma buscando promover la justicia, esto es la salud.
Mi comparación con el campo de la medicina viene a cuento de que en el derecho, al igual que en la medicina, hay conflictos (enfermedades) para las que no hay solución, o para las que aún no se ha encontrado la respuesta (la cura). No obstante el jurista (los investigadores del mundo del derecho, que los hay) busca el remedio para solucionarlo. Y aquí al igual que en la medicina caben distintas respuestas a una misma solución. Puede promulgarse una nueva ley, puede recurrirse a las ya existentes dándoles una interpretación distinta, puede recurrirse a sentencias dictadas con anterioridad para un supuesto de hecho idéntico…
Podría dar más analogías y numerosísimas diferencias, pero puede que aborde esta cuestión en otro post, ahora voy a volver a la justicia.

¿Es justo que alguien que después de violar a una discapacitada intelectual, de atropellarla siete veces, y quemarla viva, quede libre después de cumplir una condena de 4 años? La respuesta es muy sencilla. El problema del derecho es que no puede centrarse en regular los casos concretos, y un problema mayor aún es que es incapaz de prever hasta donde es capaz de llegar la crueldad del hombre. Antes del caso de Sandra Palo difícilmente era imaginable que un menor, de 14 años de edad, pudiera protagonizar un crimen tan horripilante.
Ante actos tan improbables el derecho queda sin respuesta y se produce una injusticia en toda regla. Son las denominadas lagunas del ordenamiento jurídico, casos para los cuales no hay respuesta, o la hay pero no es una respuesta adecuada.
Ocho años después, que un menor de edad sea capaz de cometer un asesinato no parece tan descabellado, y la realidad jurídica trata de responder a la realidad social, pero debemos tener presente una cosa, la realidad social siempre irá por delante de la realidad jurídica y siempre se producirán casos análogos al de Sandra Palo. La culpa de que se produzcan injusticias, en estos casos, no es del derecho, sino del hombre que trata de saltárselo.

¿Es justo que el ex-Presidente de la Generalidat Valenciana sea declarado no culpable después de que los medios de comunicación nos hicieran creer que era culpable de un delito de cohecho impropio? En este caso algunos tendrán la respuesta muy clara, otros dirán que mi pregunta es capciosa, y otros dirán que le deberían haber condenado por otra cosa y no por tres trajes absurdos. A estos últimos les diría que estoy de acuerdo con ellos. Y al igual que a él a más de uno, pero esto es harina de otro costal.
El caso de Camps es más turbio (que no complejo desde el prisma de la justicia, el cual es el que estamos abordando), mucho más, que el de Sandra Palo. Muchos han dado por hecho cosas que en realidad ignoran. Para que un juicio pueda ser justo requiere partir de un hecho cierto, de ahí las pruebas que se presentan en todo proceso. La prueba tiene el objeto de determinar la certeza del hecho en cuestión, y una vez determinado el mismo es en base a él cuando se puede emitir el juicio.
Todo el mundo considerará una aberración y algo propio de una dictadura el hecho de que condenen a prisión a una persona en base a la declaración de una sola persona, o incluso de dos ¿o no? ¿O sólo nos parece una aberración cuando no nos han hecho creer que una persona es culpable?

Y ¿qué ocurre cuando hay indicios pero éstos no son suficientes para condenar? En materia de pruebas podemos considerar que el caso Camps y el del Marta del Castillo son similares. La mayoría de la sociedad tiene la impresión de que con certeza sabe quien es el culpable y exige justicia. Pero cuando se exige justicia se exige también un juicio justo y esto conlleva una serie de garantías. Que no se haya condenado a Camps, o que no hayan sido condenadas más personas que parecían culpables en el caso de Marta del Castillo no es capricho de un juez, o de un grupo de jueces, por mucho que a más de uno les de por decir otra cosa. El hecho de que no sea un capricho encuentra su explicación en el denominado “in dubio pro reo”, en caso de duda se absuelve al imputado. ¿Por qué? Pues en Roma, hace un par de miles de años, se dieron cuenta de que es preferible que una persona sea declarada no culpable a que se le condene injustamente. Este argumento que se utiliza por aquellos que están en contra de la pena de muerte, a menudo se olvida cuando las condenas sólo son privativas de libertad. No debemos olvidar que la libertad es uno de los derechos fundamentales que consagra cualquier constitución democrática, y los reparos en limitarlo deben ser iguales que los que ponemos al limitar el derecho a la vida.

La denuncia que muchas personas me han hecho llegar es que este sistema tan garantista permite que los criminales queden libres. Es posible, pero esa denuncia parte de una presunción que es contraria a la idea de justicia. Esta presunción no es otra que considerar que estamos ante unos criminales, cuando, y éste es otro principio fundamental de todo Estado de Derecho, todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. ¿A quién le parece justo que una persona sea condenada a pasar 20 años en prisión en base a que parece culpable? Todos conocemos, no sólo por las películas, casos en que han sido condenados personas inocentes, aún teniendo un sistema tan garantista como el que tenemos, ¿Nos hemos parado a pensar que ocurriría si fuera menos garantista? Yo os daré la respuesta, que el número de condenas injustas sería mucho mayor.

Lo que ocurre es que cuando se pierde la objetividad, cuando la indignación se apodera de nosotros y consideramos que estamos en posesión de la verdad absoluta, quedamos tan cegados que estamos dispuestos a perder garantías en aras de lo que en principio nos parece algo de toda justicia.
Y aquí viene a colación el último de los casos que voy a citar. El del juez Garzón. No voy a hablar sobre la sentencia, puesto que ya la comenté en su día. Voy a hablar del hecho que llamó poderosamente mi atención. Tras la condena al juez Garzón una encuesta que publicaba el País reflejaba que una considerable mayoría de personas estaban dispuestas a ver reducidas esas garantías de las que hablaba. En particular que un juez pueda mandar grabar las conversaciones entre el abogado y su cliente. Y aquí entramos en otro de los principios que acompañan a la idea de justicia, el derecho a la defensa y a un juicio justo.
Pero como no quiero alargarme, dejaré este tema junto con el de la independencia, la seguridad jurídica, la legalidad, la irretroactividad de las disposiciones sancionadoras no favorables o restrictivas de derechos individuales, la responsabilidad y la interdicción de la arbitrariedad de los poderes públicos para otras reflexiones sobre la justicia.

El absolutismo del S. XXI

Ayer el Parlamento griego aprobó unas duras medidas de ajuste, durante el debate en el parlamento griego los disturbios asolaron la capital helena,  donde 34 edificios fueron incendiados y más de 150 tiendas fueron saqueadas. El pueblo se levanta, y esta vez no le faltan razones para hacerlo.

Si en los S. XVI, XVII, y XVIII junto con la primera mitad del S. XIX el poder absoluto estaba en manos de los monarcas, en el S. XXI, en algunos países de una forma mucho más acusada, parece que el poder absoluto ha pasado a manos diferentes.
El principio del fin del absolutismo tuvo su origen en la Revolución Francesa de 1789, que tuvo como predecesores el movimiento ilustrado y el ascenso de la burguesía. Los hechos que tuvieron lugar ayer en Grecia no pueden ser considerados como una revolución, pero sin duda alguna es un síntoma de que las cosas pueden cambiar repentinamente.

Otro síntoma de que las cosas no funcionan es que, cada vez más, existe en la conciencia social una certeza de que el poder no descansa en los ciudadanos, se percibe que los resultados que se consiguieron tras el fin del Estado absoluto se están perdiendo. Es lo que podríamos llamar la “descafeinización” de la democracia. La soberanía ha dejado de ser popular, y el pueblo se está dando cuenta de eso. Los casos de Grecia y de Italia, donde se han conformado unos gobiernos que no han sido elegidos directamente por el pueblo son el ejemplo más patente de lo que estoy describiendo. Se dice que el objeto de estos gobiernos impuestos es arreglar la situación de crisis que padece el pueblo, algo muy parecido a aquella máxima del despotismo ilustrado: “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Sin embargo no estamos en el S. XVIII sino en el S. XXI y el pueblo ya no es el mismo.
Tampoco es el monarca el que detenta el poder absoluto. ¿Quién es el que lo detenta ahora? Desde muchos foros se señala a los mercados, “son los mercados los que hacen y deshacen a su antojo”.

Pero ¿quiénes son los mercados? ¿Dónde viven? ¿Quién decide como actúan los mercados? Podemos partir del siguiente concepto de mercado: “La institución u organización social a través de la cual los ofertantes (productores y vendedores) y demandantes (consumidores o compradores) de un determinado tipo de bien o de servicio, entran en estrecha relación comercial a fin de realizar abundantes transacciones comerciales”. Este sería un concepto básico de mercado, y que alcanza también a los mercados bursátiles, que son a los que se hace referencia cuando se habla de que los mercados son los que quitan y ponen los gobiernos en la actualidad.
Por tanto, si partimos del concepto que hemos dado los mercados, aunque no nos guste, somos todos. El mercado soy yo cuando compro un producto, o cuando invierto en bolsa, o cuando monto una empresa… Formamos parte del mercado y por tanto si decimos que el poder absoluto lo detenta el mercado, estamos diciendo que el poder absoluto lo detentamos nosotros.

Yo no creo que los mercados sean un ente con capacidad de decisión propia y ajena a la sociedad. Pretender personificar los mercados para hacerles culpable de la situación que vivimos es querer simplificar las cosas y tratar de exonerarnos de nuestra propia responsabilidad sin resultado alguno.

De modo que debemos formular de nuevo la pregunta ¿quién detenta ahora el poder absoluto? Mi respuesta puede que resulte algo ortodoxa, pero este es mi punto de vista. Con carácter general la soberanía sigue siendo popular. Hasta hace bien poco, antes del estallido de la crisis, hemos tenido todos la libertad de elegir a nuestros dirigentes, en cada país con sus peculiaridades, pero no podemos hablar de una situación análoga a la de los S. XVI,XVII y XVIII. Sin embargo, hemos asistido a diversos acontecimientos que han provocado que el poder que depositamos en nuestros representantes haya sido sustraído por otra manifestación de nuestra libertad, esto es, ha sido sustraído por los mercados. Y es en los mercados donde nuestro afán de ganar dinero, nuestro afán de garantizar nuestro bienestar a costa del otro, nuestro consumismo desmedido, y nuestra falta de ética ha motivado que se hayan hecho cosas que han menoscabado nuestro poder decisorio. Menoscabo que ha determinado que en países como Grecia e Italia los gobernantes hayan sido designados de un modo poco democrático, o que en España el gobierno electo lo haya sido con una mayoría absoluta.

A ello hay que unir la pésima gestión que han protagonizado diversos dirigentes que fueron elegidos por el pueblo mismo, o que han sido designados por los propios dirigentes que elegimos nosotros. Pésima gestión que no han hecho otra cosa que agravar la situación actual.
Tampoco debe olvidarse que la falta de regulación de diversos aspectos en los mercados bursátiles ha facilitado la actuación poco ética y muy ambiciosa de los agentes de los mercados, con resultados que se han dejado sentir en todo el planeta. Falta de regulación que es precisamente debida a que muchos de nuestros dirigentes han hecho la vista gorda con determinadas actuaciones.

Ahora bien, querer echar la culpa a los dirigentes elegidos por nosotros mismos lo dice casi todo de nosotros. Lo mismo ocurre si pretendemos separarnos de los mercados como si lo que se intercambia en los mismos no nos afectara. Esto es, reitero, querer exonerarnos de parte de nuestra culpa, con nulo resultado.
Cierto es que no todos tenemos la misma capacidad de decisión, ni a nivel político ni en determinados mercados, omitir ese matiz sería pecar de estupidez, sin embargo no debemos olvidar que los mercados se regulan, como acabo de decir, por los dirigentes que elige el pueblo, y que los que intermedian en los mercados de forma directa no sólo intermedian por iniciativa propia, tienen clientes, clientes que al igual que ellos quieren obtener el dinero de forma rápida y a toda costa, clientes que podemos ver paseando por las calles de casi todos los países que ahora mismo están sufriendo la crisis. Y cierto es también que es probable que esos clientes no sean la mayoría de los ciudadanos de un determinado país, pero da la casualidad de que muchos de esos clientes fabrican u ofertan productos que la mayoría de los ciudadanos de un determinado país contratan, compran o arriendan o incluso trabajan para ellos.

De modo que todo está interrelacionado, y no son sólo unos los que deben cargar de forma exclusiva con la responsabilidad. Al igual que no deben soportar siempre los mismos las consecuencias más graves de una crisis.
Pero es paradójico que cuando las consecuencias más graves se soportan sólo por una minoría a la gran mayoría le da igual el sufrimiento de unos pocos. Me estoy refiriendo, por si alguien no lo ha percibido, a la situación inmediatamente anterior a la crisis que estamos viviendo. Los ciudadanos de los países integrantes del primer mundo, con carácter general, no tenían reparos en mantener su bienestar a costa de los ciudadanos de los países del tercer mundo (y quien diga lo contrario miente). Claro que esto ahora puede que nos importe bien poco. Pero puede que debamos ahondar en este aspecto para darnos cuenta que fue precisamente esa insensibilidad hacia esos ciudadanos desfavorecidos lo que ha motivado determinadas actuaciones que ahora nos parecen injustas y que queremos hacer que paguen aquellos a los que queremos hacer responsables.
¿Acaso no puede ocurrir que nosotros estemos pagando aquella insensibilidad que tuvimos? ¿Nadie se ha parado a pensar que esta crisis no sólo es una crisis motivada por la actuación de unos pocos, sino por la actuación de una sociedad entera que ha perdido los valores que le llevaron a alcanzar sus metas?
Da la impresión de que cuando la sociedad occidental de la Edad Moderna alcanzó el objetivo de derrocar a los monarcas absolutos, conquistó la democracia y el Estado del Bienestar se olvidó de que además de existían otras sociedades que no habían alcanzado tales cotas. Y no sólo se olvidó de ello, en lugar de promover que las alcanzaran se hizo todo lo contrario, condenando a millones de personas a la muerte, a la pobreza y a la miseria. Los lugares habitados por esas sociedades menos desarrolladas han sido y son escenarios de guerras, se han explotado y se explotan de forma indiscriminada, hemos puesto y quitado a sus gobernantes a nuestro antojo, los propios integrantes de esas sociedades han sido y son sobreexplotados… y ahora que vemos como todo eso se traslada a nuestro propio territorio nos rebelamos. Y con razón. La cuestión es ¿por qué dejamos de rebelarnos si no logramos conseguirlo para todos?

Después de esta larga reflexión mi conclusión está clara. El poder absoluto no ha dejado de radicar en nosotros, lo que ocurre es que percibimos que no lo ejercemos de una forma directa, y es cierto. Sin embargo, nadie nos lo ha quitado, hemos sido nosotros, con nuestras decisiones los que de una manera inconsciente y egoísta (al fin y al cabo el egoísmo radica en nuestra propia naturaleza humana) hemos ido sustituyendo los órganos que adoptan las decisiones, trasladando el poder del parlamento a los mercados, con una dramática consecuencia: en los mercados las minorías no tienen voz alguna. Otra dramática consecuencia de todo esto es la que ha tenido lugar en países como Grecia e Italia, donde los ciudadanos han visto como los dirigentes que ellos habían elegido directamente han sido sustituidos por otros que no lo han sido. Este pernicioso efecto, que tiene su origen en la propia sociedad, origina a su vez una reacción social de rechazo, con revueltas y disturbios que denotan que la propia sociedad es incapaz de diagnosticar adecuadamente la génesis de sus problemas.
Esperemos que si de nuevo se da una revolución social, aunque su origen se encuentre en la sociedad misma, esta vez no se deje de luchar antes de tiempo y se luche hasta el final. Ya estamos hablando en términos utópicos, pero un escritor francés escribió: “La utopía es el principio de todo progreso y el diseño de un futuro mejor.” Que ese mundo, que para algunos es utópico, nos mueva a luchar por algo mejor, pero para todos. Yo lucho.

Reflexiones a bocajarro (III)

En alguna ocasión he escrito sobre la rapidez en que se desenvuelve el mundo que nos rodea. Hace unos meses, concretamente en agosto, estábamos temiendo lo peor con nuestra prima de riesgo disparada, y si nos remontamos un poco más en el tiempo la mayoría de los españoles no teníamos ni idea de que era la dichosa prima de riesgo.
A poco que bucees en cualquier diario especializado puedes hacerte una idea de las distintas opciones que tiene Europa para salir de la crisis, y te das cuenta de que la mayoría de las que proponen no se aplican, o tardan mucho en adoptarse. ¿Tardan mucho o nuestro mundo va demasiado deprisa?
Y éste es el problema, queremos todo ya, ahora y barato, y de la mejor calidad posible. A toda costa, y si para ello hay que hacer trampas, pues se hacen ¿no las hacen otros? ¿No ha estado Grecia tomándonos el pelo?

Imaginemos que Europa es un grupo de amigos, que se reúnen una vez al mes para ver como les va a cada uno. Ocurre que hay un grupo de países Europeos que no hacen los deberes, y ocurre que el resto de los países le dejan parte de los suyos, aun cuando algunos, como España o Italia, saben que dentro de poco ellos también van a dejar de tenerlos hechos (España e Italia realizaron importantes aportaciones al Fondo de Rescate). Y pasa el tiempo y resulta que de los países europeos sólo tienen los deberes hechos una minoría de países. ¿Qué pasa cuando toda una clase copia los deberes al único que los tiene hechos? Pues que el profesor suspende a todos, a unos por copiarse, y al que deja sus deberes por permitirlo.
El problema está en que si el grupo de amigos suspende, pueden perder algo que tienen en común, que si se desaparece puede ser catastrófico no sólo para Europa, sino también para el resto de los países del mundo. De modo que están buscando la forma de evitar que desaparezca, en esa búsqueda se hacen trampas, por así decirlo, en lugar de copiar el texto de los deberes literalmente cambian algunas palabras, para que parezca algo distinto, pero, en definitiva, es lo mismo. De manera que en lugar de darles dinero directamente a los amigos que lo necesitan, se emite deuda, se les rescata de una manera encubierta. Y se da la circunstancia de que al profesor se le puede engañar por un tiempo, pero al final se acabará dando cuenta, y el grupo de amigos suspenderá.

Ese suspenso no significará otra cosa que nosotros, los ciudadanos de esos países, sufriremos la mala gestión económica de esos países. Me he quedado en Europa, pero podríamos extender esta metáfora al resto del mundo, algo que sería un poco más complejo.

Algunos podéis caer en el error de creer que el el profesor que nos suspende es una agencia de calificación, o que nos suspenden los mercados. Creo que eso es buscar una excusa para echarle la culpa a alguien, ese impulso tan humano de buscar a un culpable es bastante reprochable, y más aún cuando todos y cada uno de nosotros hemos sido partícipes, de un modo u otro, de la situación que estamos viviendo. Hay que ser autocríticos no sólo buscar al culpable en el dirigente de turno, o en el que me sube los impuestos, en el especulador, o en el sursum corda.
Y si digo bien, todos hemos sido partícipes de esta situación. Tanto el que gastaba más de lo que cobraba, que es lo que han hecho tanto nuestros gobernantes así como muchos de los ciudadanos; como el que ahora se lamenta de que nuestro sistema democrático está viciado. Tanto los bancos que concedían hipotecas a diestro y siniestro, como aquellos que las pedían sin pararse a pensar en que en algún momento podrían llegar tiempos difíciles. Lo hemos visto miles de veces en el cine, el que vive por encima de sus posibilidades acaba mal, hay millones de ejemplos en el día a día y en nuestras vidas, lo sabemos, y lo hemos permitido. Algunos no lo habrán hecho, habrán sido coherentes y desde luego esos son los que más derecho tienen a poner el grito en el cielo, pero ya se sabe, siempre pagan justos por pecadores. Y una de dos, o nos cargamos a todos los pecadores o aguantamos el chaparrón y salimos adelante a hacer las cosas con cabeza. Mal de muchos consuelo de tontos, pero yo pienso en el contribuyente alemán al que dentro de poco le van a subir los impuestos y pienso: ése si que se va a cagar en la madre de alguien que yo me sé.

Puede que esté reduciendo demasiado la cuestión, pero gracias al sistema en el que vivimos de nada sirve buscar culpables, porque no hay nada que hacerles. Debería poder ser así, pero es ahora cuando queremos que eso cambie ¿por qué no lo quisimos antes? Y como vivimos en un mundo tan camaleónico, los artífices de nuestros males son los que ahora claman por un sistema más justo; y extended esto tanto a políticos, como inversores, como ciudadanos, como a lo que queráis. Pero esta es la realidad, los que hace unos años estaban lucrándose en virtud de los excesos que cometían, muchos de ellos ahora las están pasando canutas, y se suman a los que tenemos motivos reales para estar de vuelta de todo. A los que en su momento supimos contenernos y ahora vemos como nos meten la mano en el bolsillo.

De manera que tenemos una masa social descontenta conformada por oportunistas y por gente que realmente tiene motivos para estarlo. Y es, precisamente, la sociedad la que se suspende a sí misma, porque ha tolerado cosas que no se podían tolerar, ha permitido atropellos, enriquecimientos rápidos e injustos, adquirir cosas que valían mucho más de lo que se pagaba por ellas, endeudamientos que sabía que no se iban a devolver… ¿La sociedad? Sí, la sociedad, y ¿quién gobierna la sociedad? Preguntarán algunos, los políticos. Entonces son los políticos los culpables, ¡ellos tienen la culpa! Y volvemos a buscar al culpable, cuando hemos sido cada uno de nosotros los que con nuestro voto hemos puesto al político de turno al frente de algo que a lo mejor no estaba al alcance de su capacidad. Pero en este punto nos adentramos en otro terreno que es el de la política y los distintos sistemas democráticos. Algo sobre lo que tengo pensado escribir, pero que lo dejaré para otra ocasión, lo que quiero preguntaros antes de terminar es ¿por qué nos quejamos más de lo que hacen aquellos en quien delegamos cuando nos afecta al bolsillo? ¿No debería indignarnos tanto o más que el político de turno se lucre en su puesto de gobierno cuando lo hace bien? ¿Por qué hemos hecho la vista gorda durante mucho tiempo a los atropellos que han tenido lugar, y ahora clamamos contra ellos, cuando en realidad podíamos haberlos evitado si no hubiéramos mirado hacia otro lado? Y estas cuestiones van dirigidas, tanto a los países europeos, que hicieron la vista gorda con Grecia, como a los ciudadanos que veían aquello de la economía como algo de lo que se debían ocupar otros, y en quien delegaban alegremente porque se podían permitir irse de vacaciones al otro lado del mundo, o adquirir la casa de sus sueños gracias a una hipoteca que les iba a tener esclavizado de por vida.
Vivimos en un mundo donde las cosas pasan demasiado rápido, y en el que estamos poco tiempo. No obstante ese tiempo se nos hace eterno gracias a la espiral de preocupaciones que nos rodea. No sé si es bueno o malo, sólo sé que es lo que es, y que si queremos cambiarlo, el cambio tiene que empezar por uno mismo y por los que le rodean, de nada sirve reclamar de otros algo que no nos exigimos a nosotros mismos, tengámoslo en cuenta.

Pd. Si queréis también podemos acordarnos de los que viven en el cuerno de Africa, esos que en Agosto se estaban muriendo de hambre y siguen prácticamente igual, esos que no tienen apenas voz y cuando la oímos nos hacemos los sordos, y junto con ellos, todas las personas que realmente tienen derecho a quejarse, pues ¿qué sentido tiene reclamar unos derechos que sólo hemos conseguido a costa de limitar los de muchos otros?