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La esencia: La vida.

Se reabre de nuevo el debate del aborto. La chispa que ha reavivado la llama, que nunca termina de apagarse, ha sido la declaración del Ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón relativa a que se suprimirá uno de los supuestos hasta ahora contemplados en nuestra legislación, el de interrumpir el embarazo en caso de posible malformación o minusvalía del feto.
La reacción de la progresía de este país no se ha hecho esperar y su diario de cabecera, el País, se afana en buscar testimonios de lo aberrante que resulta esa propuesta. Como en todo debate, cuando la cuestión se centra demasiado en un punto en concreto se pierde la perspectiva. En España y en buena parte del mundo, la perspectiva en relación al tema del aborto se ha perdido desde hace mucho tiempo.

No voy a entrar en la cuestión de si es, o no es un derecho, si es o no procedente en algunos supuestos. Ya he abordado estas cuestiones en alguna ocasión y creo que huelga. Lo que me gustaría poner de relieve esta vez es el contrasentido en que incurrimos cuando defendemos un aborto libre y estamos en contra del calentamiento global porque daña al Medio Ambiente, en definitiva, a la Naturaleza; Cuando defendemos el aborto y estamos en contra de la pena de muerte. Cuando defendemos el aborto y estamos a favor de la libertad. Por no hablar de los que defienden los derechos de los animales y están a favor del aborto.

Sólo hay que considerar el fenómeno de la reproducción en sí mismo para llegar a tres conclusiones: Es un proceso natural, su efecto es el de dar lugar a la vida, y ese ser vivo será libre.
¿En qué cabeza cabe mantener las posturas anteriormente indicadas y estar a favor del aborto?

Pues como me dicen los que saben de esto, puede caber ¿por qué no? El objeto debe ser tratar de aunar criterios, conceptos y pareceres. Tratar de llegar a un punto de partida y avanzar desde ahí. Pero como decía antes, cuando se centra el debate en un punto concreto se pierde la perspectiva, y creo que esa pérdida de perspectiva es lo que nos hace olvidar que lo primero es la vida y que a la vida le sigue todo lo demás. Y antes que la vida está la esperanza de la vida, sin concepción no hay vida y sin vida no hay derechos. Creo que es algo muy básico que todos podemos entender. Y si se supone que lo que debemos hacer es proteger al más débil ¿Qué hay más débil que una esperanza de vida? Una esperanza de vida, un soplo de aire fresco en el mundo, una criatura única, que siente y que vive aunque aún no haya sido alumbrada. Una esperanza de vida que en estos días se supedita a los intereses de personas que juzgan por ella que es más cómodo, que es más sufrido, que es más justo, que es más o menos adecuado. Personas que no sólo abortan su derecho a vivir, si no su derecho a crecer, a reír o a llorar, a luchar o a rendirse, a disfrutar o a sufrir, a amar o a odiar… Es en el origen de las cosas donde encontramos la esencia de las mismas, nuestro origen y nuestra esencia está en la concepción. La naturaleza a veces trunca ese proceso y duele, cuando lo truncamos nosotros no es igual si no más doloroso todavía, y entonces se acude a excusas, se invocan derechos, se utilizan argumentos… para justificar lo que no tiene justificación, para justificar la muerte antes de la vida. ¿Te has preguntado alguna vez por qué la muerte es tan dolorosa cuando la sufre un ser querido? ¿Te has preguntado por qué no lo es tanto si eres tú el que la provocas?

Para concluir, y a raíz de las declaraciones del Ministro de Justicia, yo he reflexionado sobre sí debe permitirse o no el aborto en los supuestos en que un niño vaya a nacer con una malformación que vaya a acabar con su vida al poco tiempo de nacer. Siempre había pensado que era una crueldad que ese niño naciera para morir poco después de su alumbramiento. El caso, es que reflexionando me ha venido a la memoria una película que vi hace un par de años, «La última cima». Es una película donde se relata la vida de un sacerdote, Pablo Domínguez, y uno de los testimonios que se recogen es el de una madre que dio a luz sabiendo, a los tres meses de embarazo, que su hijo iba a morir. Es un caso muy específico y donde la Fe juega un papel muy importante. Yo no sé, a pesar de mi Fe, si sería capaz de aguantar algo así, y menos si lo sería la que en su día será la madre de mis hijos, pero ahí está, no es un caso aislado, son muchos. Os dejo con el tráiler de la película que recoge esa es escena. Yo mientras seguiré reflexionando sobre el tema. Os invito a que hagáis lo mismo.

Garzón culpable y la justicia «social».

A diferencia de muchos de los que hablan de ella he dedicado un buen rato a leer la sentencia del Tribunal Supremo que encuentra a Garzón culpable. Mi conclusión es que es una sentencia brillante. No obstante, son cerca de setenta folios, y si bien el lenguaje que emplea es fácilmente comprensible, puede que a muchos les resulte muy pesado, y en más de una ocasión se pierdan.
No pretendo dar lecciones de nada ni a nadie, pero creo que merece la pena que intente arrojar algo de luz sobre una cuestión tan controvertida, y como siempre que escribo en este blog, bajo mi punto de vista.

En primer lugar hay que dejar clara una cosa, a Baltasar Garzón no se le juzgaba por su trayectoria como juez. Parece que muchos se empeñan en hacer de este proceso una causa general contra el ex-magistrado, cuando lo cierto es que sólo se le juzgaba por una cosa: si cometió el delito de prevaricación, nada más. Tiene otras causas abiertas, pero esas se juzgarán por otros tribunales.

Ahora analicemos el hecho que le sentó en el banquillo de los acusados: Garzón ordenó ordenar grabar las conversaciones que los acusados mantenían con sus abogados, algo que vulnera diversos derechos, pero principalmente vulnera un derecho fundamental que consagra el art. 24 de la Constitución, que es el derecho a la tutela judicial efectiva, para que nos entendamos, el derecho que todos tenemos a un juicio justo.
Podríamos entrar en disquisiciones sobre lo que es un juicio justo, el derecho a la defensa, el secreto profesional, el derecho a la intimidad y otros aspectos que se detallan en la sentencia, y que todos fueron vulnerados por el juez Garzón. Sin embargo, el que desee entrar en ellas tiene a su disposición la sentencia, en ella se explica detalladamente todas y cada una de estas cuestiones. Podemos resumir la sentencia concluyendo que Garzón tomó una decisión injusta a sabiendas de que lo era y por tanto cometió el delito que se recoge en el 446.3º del Código Penal. Además Garzón cometió otro delito, el previsto en el art. 536 del Código Penal. Todo ello queda más que probado en la sentencia y por tanto Garzón ha sido condenado a once años de inhabilitación (cabe recordar que se contempla una pena de hasta veinte años de inhabilitación para el delito de prevaricación).

Como cabía de esperar, no para todos la sentencia es justa. Y es aquí donde radica el verdadero debate, ¿por qué no es justa la sentencia?: ¿Por qué Garzón ha sido un juez estrella? ¿Por qué ha tenido más arrestos que ningún otro y ha perseguido a los criminales sin descanso? ¿Por qué juzgó a Pinochet, así como a narcotraficantes y terroristas? ¿Es injusta la sentencia porqué Garzón fue el juez que destapó el GAL? o ¿Por qué se le ha condenado por tratar de evitar un delito? Puede que este último argumento sea el que más se lea en los medios de comunicación. Sin embargo, y cito la sentencia, “La justicia a cualquier precio deja de ser justicia”.

Podemos elegir infinidad de razones para decir que la sentencia es injusta. Pero ¿Qué es justicia? Debemos distinguir entre justicia como concepto subjetivo, y aquí cada uno tiene el suyo; y justicia como valor y fin en sí mismo, y aquí entramos en cuestiones de filosofía del derecho, donde se contraponen las corrientes iusnaturalistas y positivistas. Lo cierto es que resulta verdaderamente difícil dar un concepto científico de justicia, en este caso me voy a remitir a la definición de Norberto Bobbio que entiende que es “aquel conjunto de valores, bienes o intereses para cuya protección o incremento los hombres recurren a esa técnica de convivencia a la que llamamos Derecho”.

La sentencia que condena a Baltasar Garzón ha sido adoptada por unanimidad por SIETE jueces, ¿pensáis que siete personas pueden coincidir, sin discrepancia alguna, en el concepto de justicia? Yo difícilmente lo creo posible. No obstante, esas siete personas han estado de acuerdo en que el Juez Garzón vulneró la ley y que los hechos están suficientemente probados. Y no son siete personas cualquiera, son siete magistrados del Tribunal Supremo, y a quién esto no le diga nada, puede ir consultando los requisitos necesarios para ser designado magistrado del Tribunal Supremo.
En un Estado de Derecho cuando alguien vulnera la ley y queda suficientemente probado es condenado, y eso es justo con arreglo a derecho, porque lo dice la ley. Si son siete magistrados los que te juzgan, y la decisión la toman por unanimidad, cabe decir que la sentencia no puede ser más justa, porque son siete, nada más y nada menos, los que están totalmente de acuerdo en que has vulnerado la ley y eres culpable. Por tanto, desde un punto de vista estrictamente jurídico, no podemos decir que la sentencia sea injusta.

¿Cabe que la sentencia sea justa, pero que se esté cometiendo una injusticia con Garzón? Pues depende. Desde un punto de vista jurídico, como he dejado claro, rotundamente no. Pero algunos hablan de lo que podríamos llamar la justicia «social», es decir, aquello con un grupo considerable de la sociedad considera justo, y puede que desde este punto de vista la conclusión a la que se llegue sea otra.
La justicia, como vemos en la imagen, se representa como una mujer que con una mano sostiene una balanza, con la otra una espada, y que tiene los ojos vendados. La justicia «legal», la que se aplica por los tribunales de justicia, sería es la que tiene los ojos vendados; mientras que la justicia que hemos denomidado «social», los tendría destapados. Esta es una de las razones de por qué a algunos le puede parecer injusto algo que con arreglo a la ley es justo. Otras veces, lo que ocurre, es que las normas sociales se adelantan a las normas legales, y éstas tienen que adaptarse a aquéllas, de modo que podríamos decir que en ocasiones, lo que hemos llamado justicia «social» se adelanta a la justicia «legal». Sinceramente no creo que el caso que nos ocupa sea este último.

En el caso de Baltasar Garzón la justicia que reclaman algunos viene inducida, principalmente, por unos medios de comunicación que más que de informar tratan de manipular la opinión pública, tratan de predisponer a aquellos que no conocen las normas y el porqué de esas normas. O distorsionan con argumentos torticeros del estilo: “el juez que perseguía a los corruptos ha sido condenado mientras que ellos se han librado”. De no ser por muchos de estos argumentos, absolutamente deformados y tergiversados, que tratan de confundir y no de informar, la polémica en torno al juez Garzón habría nimia. También habría sido menor la repercusión si el susodicho no tuviera otras dos causas abiertas, una de ellas relativa a la polémica memoria histórica. Pero estas son cuestiones en las que de momento no tengo pensado entrar.

Son, por tanto, varios los factores que han motivado toda esta algarabía en torno a Garzón:

La merecida reputación de Baltasar Garzón de juez estrella, perseguidor de criminales y adalid de la justicia, en su etapa más espléndida como juez y que por desgracia va a resultar empañada por esta merecida, a mi juicio, condena.
Un profundo desconocimiento del ordenamiento jurídico por parte de la sociedad española.
– La utilización torticera de los medios de comunicación de esa ignorancia con el objeto de politizar una cuestión meramente jurídica.
– Que el proceso en que el juez Garzón prevaricó persiguiera presuntos delitos de dirigentes del Partido Popular.
La existencia de dos causas más contra Baltasar Garzón y principalmente que una de ellas tenga que ver con el franquismo.

Estos factores son los que en gran medida han distorsionado la realidad de los hechos que han llevado a que Baltasar Garzón haya sido expulsado de la carrera judicial. Distorsión que, una vez más, es utilizada (en esta ocasión por la izquierda, otras veces lo hace la derecha) para decir que tenemos una justicia politizada, para decir que la justicia no funciona y demás barbaridades que están en boca de todos. Barbaridades que esta vez son infundadas, pero que, por desgracia, en otras ocasiones hemos visto que no lo son tanto.

Alguien dijo una vez: “Cuando un hombre pide justicia es que quiere que le den la razón.” Pero tenemos que saber que lo justo y lo que nosotros queremos no siempre es lo mismo. Por eso nos dotamos de leyes, y por eso existen jueces formados y preparados, que las aplican. De lo contrario, la justicia se aplicaría al arbitrio de la mayoría y no de la ley, dejándo de ser justicia, con consecuencias terribles para todos, y si no que se lo pregunten a María Antonieta que aún anda buscando su cabeza.