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Añorando la soledad.

Acababa de cumplir treinta años. Había pasado más de la mitad de los últimos diez años consigo mismo. Cuatro de ellos viviendo solo y los tres últimos prácticamente igual. Pensaba que volver a la vida normal iba a ser una tarea sencilla, que después de tantos años consigo mismo el poder volver a disfrutar de tiempo libre y poder realizarse en otros aspectos vitales sería suficiente para dejar atrás el mal trago que habían significado los últimos tres meses de su vida anterior. Había sido así, en parte.
Ahora podía ir a donde quería o hacer lo que quería sin importar el día o la hora. Pero con una peculiaridad, ello requería adaptarse al horario y las costumbres de los demás. Hasta ahora había sido justo al revés. Adaptarse a un horario o a unas costumbres diferentes no suponía mayores problemas para él. Sin embargo, con el paso de las semanas se daba cuenta de que esos horarios y esas costumbres distaban mucho de lo que él entendía por “habitual”.
No en vano, había pasado los últimos siete años de su vida con un cronómetro colgado del cuello, tratando de ajustar a la décima de segundo todo lo que iba aprendiendo con el paso del tiempo. Había acostumbrado su ser a una precisión suiza y valoraba el tiempo de una manera casi obsesiva.

A medida que pasaba el dichoso tiempo se desesperaba más y trataba de sobreponerse a las circunstancias adversas que no dejaban de presentarse. Entendía que lo extraño era aquello a lo que él estaba acostumbrado y que el mundo tenía un tempo distinto del suyo. Su reto consistía en coger un nuevo ritmo de vida y tratar de olvidar casi todo aquello que para él había sido normal.
Era en esos precisos instantes cuando añoraba la soledad que durante tanto tiempo había sido su única compañía. Lo bueno de la soledad es que sólo te da problemas una vez te has acostumbrado a ella. Él se había acostumbrado a ella que ahora que le tocaba integrarse en la vida mundana dudaba si los equivocados eran los otros y él era el único que tenía razón.

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Relato de una tarde de verano

algarroboEra un día caluroso. Los padres de Guillermo dormían la siesta pero él no podía dormir. Su hermano pequeño también dormía y en el apartamento donde habían ido a pasar las vacaciones no había televisión. Guillermo estaba aburrido.
Se asomó al balcón y vio un algarrobo. Un día antes, Abiona, la madre de Óscar, le había enseñado que las algarrobas se podían comer. Guillermo se había quedado muy sorprendido pero había preferido no probarlas. No tenía nada mejor que hacer así que decidió bajar a coger algarrobas. Abrió la puerta y salió escopetado escaleras abajo. Con las prisas olvidó coger las llaves de casa.
Guillermo llegó en un santiamén al algarrobo. Sin embargo, su plan de probar las algarrobas no iba a ser tan fácil de acometer. No alcanzaba ningún fruto. Guillermo era un chico avispado y enseguida empezó a buscar el modo de alcanzar su objetivo.

Primero trató de trepar al árbol. Llevaba unas sandalias de playa y el pie sudado resbalaba sobre la goma de la sandalia. Se cogía a las ramas bajas pero no tenía la fuerza suficiente para impulsarse. Lo intentaba una y otra vez, pero siempre resbalaba. Cuanto más se esforzaba más sudaba, y más difícil le era intentar trepar. Advirtió que no lo conseguiría nunca de esa manera, así que se descalzó.
La corteza del árbol era áspera y le raspaba la piel de sus pies, pero tenía mucho más agarre y podía trepar más fácilmente. Finalmente consiguió encaramarse a una de las ramas y estirando el brazo alcanzó una algarroba.
Con el fruto en sus manos Guillermo frunció el ceño. No era nada apetitoso. Además tenía polvo. Frotó el fruto contra con su camiseta de tirantes después de tirarle el aliento. Pensó que como en los dibujos animados lo hacían con las manzanas, también serviría con cualquier otro fruto. Frotaba fuertemente el fruto pensando que si lo frotaba mucho brillaría tanto como las manzanas de la televisión. Pero por mucho que frotara no conseguía sacar brillo a aquella negra y seca algarroba. Miró a las ramas buscando otras algarrobas, podía ser que la que él tenía era una que estaba en mal estado. Todas eran idénticas.
Con gesto resignado pensó en que había llegado el momento de probarlo. Antes de llevárselo a la boca decidió olerlo, pero sin resultado. Aquello no tenía olor alguno. El día anterior había visto como Abiona le había dado un buen mordisco, pero él no se atrevía a morderlo del mismo modo. No le daba asco, pero tampoco sabía si iba a dárselo el sabor que tenía aquella cosa negra. Finalmente se decidió y lo mordisqueó un poco. Enseguida empezó a escupir lo que se había llevado a la boca. El resultado de la expedición no podía haber sido más nefasto.
Se quedó con el algarrobo en la mano mirándolo y pensando: “Puaj, esto está malísimo”. Acto seguido lo lanzó y se dio la vuelta encaminándose al apartamento. Fue en ese instante cuando advirtió que se había dejado las llaves.

Se detuvo en la acera y pensó que era lo que debía hacer. No llevaba reloj, pero sabía que sus padres y su hermano seguirían durmiendo. No quería despertarles, era un chico al que no le gustaba molestar salvo que fuera absolutamente necesario. En el lugar donde estaban no conocía a casi nadie, y los que conocía no sabía donde vivían, así que no tenía a quien acudir. Detrás del algarrobo había un pequeño cerro que estaba plagado de cactus, ortigas y demás arbustos similares, de ésos que no quieres que te acaricien porque te llevas un mal recuerdo. El cerro era lo suficientemente elevado como para ver el mar desde el lugar donde se encontraba. A Guilllermo le gustaba corretear por todo lo que se pareciera al monte, así que decidió subirse a lo alto y después bajar. Un cerro para un chaval de nueve años con imaginación suficiente puede convertirse en toda una epopeya y allí se encaminó Guillermo.

La cabeza de Guillermo enseguida le encontró la gracia a aquel secarral dejado de la mano de Dios. No había senda alguna y por tanto había que subir dando saltos de claro en claro para no pincharse. Algo que, en realidad, no era nada sencillo puesto que llevaba unas sandalias de Snoopy y un bañador. Nada más. Se había propuesto un reto: sólo podía ir hacia arriba, si bajaba perdía puntos. Así que iba saltando como una rana de claro en claro y haciendo auténticos equilibrios para no pincharse. Alguna raspadura se hacía pero valía la pena pagar ese precio por llegar a la cima con el máximo posible de puntos.
Tal fue el empeño que puso en el último salto antes de llegar a la cima, que, después de que le abandonara la euforia de haber logrado su objetivo sin perder un solo punto, se dio cuenta de que estaba completamente rodeado de zarzas. La alegría y la euforia que le habían impulsado a lo más alto y la satisfacción que había estado experimentado minutos antes empezaban a tornarse preocupación y desesperación. ¿Cómo se había metido en ese claro si era completamente imposible salir de él? Guillermo daba vueltas sobre sí mismo y no veía escapatoria alguna. Pasara por donde pasara sabía que se iba a pinchar. El miedo comenzó a atenazarle y a angustiarle. Su agilidad mental le abandonó y como cualquier niño, y muchos adultos, pronunció la palabra que se pronuncia en momentos de desesperación: Mamá. El hecho de oír de sus propios labios esa palabra incrementó su angustia. Nadie sabía dónde estaba. Se había ido de su casa y cuando sus padres despertaran no le encontrarían, entonces se asustarían y cuando le encontraran se enfadarían con él por haberse escapado. Ya eran dos cosas las que asustaban al pequeño Guillermo. Por un lado la imposibilidad de salir del lugar donde se encontraba. Por otro, la más que probable reprimenda que le caería por hacer el idiota.
Los nervios de Guillermo estaban a flor de piel y ya no se pudo contener más. En lo alto del cerro rompió a llorar y a gritar: “Mamá”. Nadie podía escucharle. Estaba completamente aislado. Era una hora muy temprana de una calurosa tarde de verano dónde sólo a un niño se le ocurriría salir a subirse a lo alto de los cerros. Pasó un buen rato hasta que Guillermo pudo serenarse. Con los ojos inundados en lágrimas y sorbiéndose los mocos el miedo fue desapareciendo dejando paso a la calma y a la razón.

“Si has llegado aquí arriba tienes que poder salir” Empezó a repetirse una y otra vez. Miró detenidamente todos y cada uno de los zarzales que le rodeaban, miraba su altura, su densidad, su tamaño… tenía que ser capaz de recordar cual era el que él había atravesado para llegar al lugar en el que se encontraba. Después de examinarlos detenidamente llegó a la conclusión de que, aunque pareciera imposible, sólo había un lugar por el que podía escapar. Tenía que coger el máximo impulso para poder saltar aquel zarzal. Con los carrillos aún enrojecidos después del sofocón que acababa de pasar, se dirigió al punto que había estudiado, cogió carrerilla y saltó.
Lo que tan sólo dos minutos antes se le antojaba imposible había sido mucho más fácil de lo que pensaba. Una vez superado el obstáculo corrió cerro abajo como alma que lleva el diablo sin pararse un segundo en mirar atrás. Quería llegar al algarrobo a toda costa. Una vez abajo, y resoplando como lo había visto hacer a los atletas en los Juego Olímpicos, pensó: Pues no era para tanto…
Se dirigió al apartamento y vio a su hermano pequeño asomado al balcón, le hizo una seña para que le abriera y subió. Sus padres aún dormían, no habían pasado más de veinte minutos desde que había salido de su casa. Su hermano le preguntó dónde había ido. “Al algarrobo” contestó Guillermo.

21 de diciembre de 2012 +1

Los que leáis esto sabed una cosa: Habéis muerto.
Ayer se acabó el mundo. No de una forma dramática como muchos pensaban, sino en silencio.
Sólo los que aún no han dormido desde el día 20 siguen allí, y creedme, para ellos la situación si que es verdaderamente aterradora. No obstante, pronto correrán la misma suerte que el resto. Cuando Morfeo les visite abandonarán el mundo que todos conocíamos hasta ayer.

Lo que estáis viviendo ahora se llama imagen residual. Es lo que la conciencia de cada uno se ha ocupado de construir como consecuencia de la desaparición del mundo.
La conciencia de cada uno ha tomado sus últimos recuerdos y a partir de ellos irá creando un futuro donde las cosas se desarrollarán como ella misma y su subconsciente desean. Si en los próximos días ocurren cosas que os resultan imprevisibles lo más probable es que en realidad fueran deseos vuestros que ignorábais que teníais. Pero esto sólo ocurrirá a nivel individual. Por el momento las conciencias de cada uno se encuentran aisladas.
Con el paso del tiempo os daréis cuenta de que las noticias se repiten, las caras en el vagón del metro, en los semáforos, en los pasos de peatones… Son siempre las mismas, ni más jóvenes, ni más envejecidas, simplemente las mismas. Pronto tendréis la sensación de que vuestro trabajo se repite constantemente y os preguntaréis si vuestra vida es un bucle.
En realidad todo ello es consecuencia de que vuestra vida acabó ayer y que la conciencia, al dejar de recibir estímulos externos, se encuentra limitada a lo que recuerda.
Algunos tardarán más, otros menos. Pero al final todos os cercionaréis de que el mundo que conocíais acabó. Será entonces cuando busquéis desesperadamente en las calles y en las caras de vuestra imagen residual algún indicio de que lo que estáis leyendo es falso.

La búsqueda será infructuosa. Condenados a vivir entre las paredes de una imagen residual quedarán aquellos que se conformen con poco o sean incapaces de buscar una salida. Destinados a un mundo nuevo aquellos que no se conformen y luchen por abrir un boquete en esas paredes que permita el paso de una luz y un aire nuevos.

Hasta entonces, feliz primer día+1 de la profecía.

Cortes.

El relato que transcribo a continuación y sus personajes son simples cábalas fruto de mi imaginación, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Pascual Cortes llegaba tarde. El calor y lo que tenía que hacer ese día no le habían dejado pegar ojo en toda la noche. Cuando llegó a la empresa donde trabajaba Abelardo le estaba esperando. Él tampoco tenía cara de haber dormido bien.
Se saludaron fríamente y se pusieron a cargar el material y las herramientas en la furgoneta. Cuando Pascual cogió el soplete le dio la impresión de que pesaba más de lo habitual. Una vez cargado todo el equipo se pusieron en marcha hacia su destino.
Abelardo iba al volante, nada más subir al coche había encendido la radio. El parte meteorológico anunciaba una jornada de calor muy intenso, el viento soplaría de poniente durante todo el día y las temperaturas superarían los 40 grados en buena parte del territorio.

– No son buenas noticias. – dijo Pascual.
– Prefiero no hablar del tema. – contestó Abelardo.
– ¿Te has parado a pensar lo que puede llegar a pasar?
– Sí, ya nos lo han explicado, así que dentro de lo que cabe estoy tranquilo.
– No me refiero a nosotros. Me refiero…
– ¡Calla nano! – Abelardo no quería seguir escuchando lo que Pascual tenía que decirle.
– Pero…
– No quiero hablar del tema. Vamos, lo hacemos y a esperar que todo salga como nos han dicho que va a salir. ¿Está claro?
– Sí, sí… pero ¿y si no sale?
– Te he dicho que ahora no quiero hablar del puto tema, ¿cuántas veces tengo que repetírtelo?
– Está bien, está bien…
– Si no nos pagaran el pastón que nos van a pagar ¿crees que sería capaz de hacer una cosa así? Si no estuviéramos tan jodidos como estamos ¿cometeríamos esta locura? ¡Claro que no!. Pero las circunstancias son las que son y como lo más parecido a que me toque la lotería es este encargo, pues adelante. Nos han asegurado protección legal, nos han dicho como tenemos que actuar para que todo salga bien, si hacemos lo acordado no tiene por qué pasar nada malo.
– Si, tienes razón. Vamos a dejarlo estar. – Pascual no lo había tenido del todo claro, pero Abelardo siempre acaba convenciéndole.

No era la primera vez que tenían esta conversación, de hecho, la habían tenido en múltiples ocasiones, a pesar de que sólo habían pasado siete días desde el día en que les habían comunicado que tenían un encargo para ellos que les gustaría que valorasen. Era algo del todo inusual.
Antes de explicarles en que consistía el encargo les hicieron jurar que no dirían nada del asunto. Y que sólo por escuchar la propuesta, aunque se negaran a aceptarla les iban a dar quinientos euros a cada uno. Estaban de suerte pensaron Pascual y Abelardo: “Quinientos euros por barba tan sólo por escuchar una propuesta de empleo, ¡menudo chollo!” La condición era que no podrían comentar con nadie la oferta que iban a escuchar. Apremiados por el dinero fácil aceptaron sin apenas reparos escuchar la oferta.

Fueron citados a última hora de la tarde, en el despacho del dueño de la empresa para la que trabajaban. Al llegar a la empresa no habían observado que, dentro de uno de los coches que estaban estacionados en el parking de la empresa, un hombre informaba de su llegada a través de un intercomunicador. En el despacho se encontraban su jefe, y dos personas más. Su jefe hablaba relajadamente con una de ellas. La otra persona, aguardaba, como si estuviera esperando recibir alguna orden.
Pascual y Abelardo entraron sin llamar y su jefe se levantó para recibirles.

– ¡Hola muchachos!
– Hola jefe. – contestaron al mismo tiempo.
– Sentaros, sentaros. Veréis no os puedo decir quiénes son estos hombres, pero escuchad lo que tienen que decir. Si os parece bien negociáis. Si no estáis dispuestos… prometéis guardar silencio, se os abonan los quinientos euros que os comenté y cada uno a su casita y aquí no ha pasado nada. Antes de continuar debo decir que si os he llamado a vosotros es porque sé de vuestra situación y no desconozco que un dinero extra no os vendría nada mal. Y ahora me callo y os dejo que escuchéis a este hombre.
– La tarea es muy sencilla. – tomó la palabra el hombre que estaba sentado al lado de su jefe. Aparentaba unos sesenta años, tenía el pelo cano y los ojos azules. Llevaba una rebeca de lana granate, una camisa blanca y un pantalón de pana verde. El hombre inspiraba confianza, cierta aura cándida parecía envolverle. Nada hacía predecir lo que les diría a continuación.

Después de explicarles la tarea Abelardo y Pascual ya no estaban tan seguros de tener la suerte de cara. Lo último que les dijo aquél hombre que parecía medio anciano fue:

– Mañana volveremos a encontrarnos aquí y deberéis darme vuestra respuesta. Sé que es poco tiempo, pero como comprenderéis necesito una respuesta con premura.
– ¿Con qué? – preguntó Pascual.
– Con rapidez, necesita una respuesta con rapidez. – contestó Abelardo.
– ¿Nos vemos mañana o creéis que ya sabéis lo que queréis hacer? – preguntó su jefe.
– Mejor nos los pensamos. – replicó Abelardo.
– De acuerdo, pero recordad, no podéis decir nada a nadie sobre la oferta que os acabo de hacer. Hasta mañana.
Así se despidió el hombre que parecía afable y cándido. Se levantó con dificultad de la silla y el hombre que había permanecido callado toda la reunión se acercó para ayudarle a levantarse. Acto seguido salieron del despacho. Abelardo y Pascual se quedaron a solas con su jefe.

– ¿Qué os ha parecido chicos?
– Jefe, es algo muy arriesgado. – dijo Pascual.
– También está muy bien pagado. – replicó Abelardo.
– Además de eso, os aseguro que esta gente sabe lo que hace y no se equivoca nunca, yo en vuestro lugar no me lo pensaría demasiado. – aconsejó el jefe.
– ¿Y por qué no lo hace usted? – preguntó Pascual.
– No me hace falta el dinero querido Pascual, y me ofende esa pregunta, ¿no crees que es considerado por mi parte habértelo comunicado a Abelardo y a ti en lugar de a otra persona? ¿No crees que es una muestra de aprecio?
– No señor, tan sólo es una muestra de habilidad, sabe de nuestra situación y sabe que nos es muy difícil rechazar algo así. En cualquier caso prefiero hablar con Pascual de todo esto a solas, si nos disculpas… ¿Mañana a la misma hora?
– Sí, mañana a la misma hora. Y no sé por qué tienes ese mal concepto de mí Abelardo, pero no quiero entrar en discusiones. Recordad…
– Ni una palabra a nadie, si ya lo sabemos, la puta madre – exclamó -, esto parece una película.

Abelardo y Pascual subieron al coche y se dirigieron a casa de Pascual. No cruzaron una palabra en todo el trayecto. Una vez en casa de Pascual tuvieron una conversación muy similar a la que tuvieron el día siguiente, y el que venía después del siguiente, y todos los días hasta esa misma mañana. Hablaron sobre las repercusiones que para ellos podría tener lo que debían hacer, sobre lo que les había comentado el hombre del pelo cano y ojos azules al respecto. Abelardo desconfiaba de que no les hubiera dicho su nombre y de que tuviera un guardaespaldas. Mientras que Pascual entendía que después de lo que les había ofrecido no podía ser una persona cualquiera y que era lógico que prefiriera mantener en secreto su identidad. Además si les hubiera dado un nombre probablemente hubiera sido falso. Sin embargo, Pascual estaba más intranquilo por las repercusiones que el hecho podría tener para terceras personas, pues no era ninguna nimiedad. En ese aspecto Abelardo no lo estaba tanto. El hombre les había puesto al corriente de la cantidad de medios que habría el día en que ocurrirían los hechos y que todo quedaría bajo control en cuestión de horas. Pascual, no obstante, tenía serias dudas de que lo que iban a hacer fuera tan fácil de controlar, y por eso sus reticencias eran mayores. Llegaron a un punto muerto en la discusión. Fue entonces cuando entró en juego la situación personal de cada uno de ellos.

Era cierto que ambos tenían empleo, pero la cantidad de deudas que ahogaban a ambos era ingente. No sólo eran las respectivas hipotecas de uno y otro. Pascual era ludópata y debía más de 50.000 euros a diversos prestamistas, tan sólo su innata e involuntaria capacidad para inspirar compasión le permitían conservar intactas las dos piernas.
El problema de Abelardo eran las drogas y las putas. Con el tema de las putas no tenía deudas, pero le encantaba irse de putas, era lo que más le gustaba del mundo. Siempre que conseguía reunir algo de dinero se iba de putas. Con el tema de la cocaína lo tenía más complicado. Un amigo, de los de toda la vida,  era camello y le fiaba a menudo, el problema es que llevaba más de un año sin pagarle.
Los tiempos de bonanza donde el dinero se obtenía fácil y legalmente habían acabado, los vicios de uno y otro, no. Por fortuna para ellos ninguno de esos vicios les había ocasionado problemas con la justicia hasta el momento. El encargo que les habían ofrecido sí que podría originarlos.

En ningún momento se pararon a considerar si la persona que les hacía esa oferta era de confianza, ni cuáles eran sus pretensiones con el encargo que les habían encomendado. Era algo que ocurría con cierta frecuencia, y que, con cierta frecuencia, se entendía por qué ocurría, aunque nadie solía saber que había, en realidad, detrás de todo aquello. El hombre del aura cándida les había inspirado cierta confianza, el encargo tenía altas probabilidades de acabar según lo previsto, y sobre todo, estaba muy bien pagado. Valía la pena correr el riesgo y finalmente concluyeron que lo harían.
Al día siguiente acudieron a la cita concertada y comunicaron la aceptación de la oferta.

– No esperaba menos de vosotros chicos. – la voz de su jefe denotaba cierta satisfacción.
– No nos gusta nada, queremos que quede bien claro. Pero estamos dispuestos. No obstante, queremos alguna garantía de que no nos dejarán con el culo al aire. – Abelardo estaba improvisando, pero Pascual asintió con la cabeza enseguida para denotar que estaba de acuerdo.
– Tenéis todo el derecho a exigir garantías, no os preocupéis. Como os adelanté ayer, si todo marcha según lo previsto tendréis la mejor defensa posible. Os lo aseguro. Y para que no dudéis de mi palabra aquí va un adelanto de lo prometido. – el hombre canoso y de ojos azules hizo un gesto y el guardaespaldas le alcanzó dos sobres. – Esto es el 50% de lo acordado. Si desconfiáis de los medios que pongamos a vuestra disposición podréis costearos los que vosotros creáis convenientes. Y si algo saliera mal dispondréis de fondos suficientes para hacer lo mismo si creéis que está pasando algo raro. ¿Os parece?
– Esto está mejor. – contestó Abelardo al comprobar el grosor del sobre.
– Eso sí, os lo advierto, no podéis cometer ninguna tontería antes de la fecha que se os indicará. Nada de putas, ni de drogas, ni de juego ¿está claro?
– ¿Cómo? – Abelardo y Pascual estaban sorprendidos. El aura cándida de aquel hombre medio anciano había desaparecido en un instante. – ¿a qué te refieres?
– Sabéis perfectamente de lo que estoy hablando, ¿pensáis que íbamos a encargaros algo tan importante sin haberos estudiado a fondo antes? No muchachos, esto es algo muy serio, y ahora que habéis aceptado las reglas las marco yo. Os estaré vigilando y a la mínima estupidez arruinaré vuestras vidas, más de lo que están.
– Pero…
– Sin peros, no debéis preocuparos, si hacéis todo lo que os he dicho no habrá ningún problema. ¿entendido?
– Jefe… – Pascual interpeló a su jefe intentando buscar alguna explicación a lo que había sucedido en apenas un segundo.
– Chicos, hay mucho dinero encima de la mesa, no debéis asustaros. Como os dije ayer estamos con gente muy seria, y son cumplidores.
– No hay problema. – Abelardo trató de aparentar seguridad. – Haremos lo acordado y aguardaremos sus indicaciones. Hasta entonces seguiremos tus recomendaciones. No me gusta nada todo esto, así que cuanto antes acabe mejor.
– Esa es la actitud. – contestó el anciano en un tono más conciliador. – de ese modo todo saldrá bien. Veréis no dudo de vuestra capacidad para realizar el encargo, pero no quiero que hasta que seáis avisados algún contratiempo complique las cosas ¿no os parece?
– Tiene razón. ¿Verdad Pascual?
– Sí, la tiene.

Tras cruzar algunas palabras más y dejar bien claros todos los puntos del plan terminó la conversación. Una semana después recibían la llamada que les comunicaba que al día siguiente tendría que realizar el encargo y la dirección del lugar donde debían hacerlo.

– ¿Hemos llegado? – Preguntó Pascual.
– Eso parece. Vamos a prepararlo todo. – Respondió secamente Abelardo.

Eran las diez de la mañana. Abelardo y Pascual se pusieron manos a la obra. Mientras Pascual descargaba la furgoneta Abelardo se dedicó a examinar el lugar. La finca estaba descuidada, había hierbajos y maleza rodeando todo el perímetro de la casa. Detrás de la finca había una loma de monte bajo. Afortunadamente estaba lo bastante alejada de la carretera para que alguien pudiera apreciar lo que iban a hacer.
Una vez descargada la furgoneta Abelardo y Pascual se prepararon para hacer lo que habían hecho cientos de veces desde que trabajan para su empresa. En primer lugar apoyaron la escalera para subir al tejado y comprobar el estado del mismo. Era un tejado inclinado, de teja árabe, que estaba algo deteriorado.
Abelardo procedió a colocar el pasatubos mientras Pascual montaba los anclajes. Hacía mucho calor. Se notaba que los dos estaban nerviosos. Sin embargo, realizar su rutina habitual de algún modo les tranquilizada. “No estoy haciendo nada malo” se decía a si mismo Pascual “simplemente estoy haciendo mi trabajo, como todos los días”.
Una vez fijados los anclajes Pascual fue a recoger los perfiles de fijación a la furgoneta. No pudo evitar mirar el soplete con cierta aprensión. Sacudió la cabeza, intentando alejar las dudas, y se dirigió al tejado para colocar con Abelardo los perfiles de fijación. Era mediodía.

– Creo que no deberíamos hacerlo… – dijo Pascual.
– ¿Otra vez? ¿Me estás tomando el pelo Pascual? ¡¿Me estás tomando el pelo?! Ya lo hemos hablado esta mañana, y antes de esta mañana lo hablamos ayer, y también antes de ayer, y hace tres días, joder nano llevamos siete días hablándolo.
– Ya lo sé… pero ¿no tienes ninguna duda?
– Claro que sí ¡coño! – Gritó Abelardo – Pero ahora no podemos echarnos atrás, además fíjate, todo esto es monte bajo, no se va a quemar nada importante.
– Pero hace mucho calor y esto está muy seco, se va a quemar mucho monte. – Repuso timorato Pascual.
– Que no, ya nos dijo el viejo, que hay medios en la zona que lo apagarán muy rápido, además tú has visto el embalse que hay aquí al lado. Vienen un par de helicópteros de esos y lo apagan enseguida.
– ¿Entonces porqué quieren que provoquemos el incendio?
– Pues no lo sé. ¿Pero qué más da? Se quemará lo que quieran que se queme y lo apagarán. No tiene vuelta de hoja. Mira nano, el viejo nos los explicó muy clarito, y nos dijo que si hacíamos nuestra parte no nos teníamos que preocupar de nada más. Así que vamos a hacer lo que nos dijo, que nos den lo que falta de la pasta y lo olvidamos.
– Siempre llevas razón. No sé por qué me parece tan difícil.
– Joder nano, porque no es nada fácil pegarle fuego al monte, pero como en nuestro caso vamos a jugar la baza de que ha sido una imprudencia y tenemos a los abogados del viejo detrás… pues esto lo facilita. No hay más que hablar. ¿Qué hora es?
– Son las dos.
– ¿Comemos y luego le prendemos fuego? El viejo nos dijo que si le prendíamos fuego después de comer mejor.
– Yo no tengo hambre… ¿no estás nervioso?
– Pues algo si que estoy, pero esto me ayuda a relajarme. – Abelardo, sonriendo, se sacó un porro del paquete de tabaco y se lo encendió. – fuma anda, te calmará.
– Yo no fumo, ya lo sabes.
– Hoy no es un mal día para empezar jajaja. – Rió Abelardo. Trataba de rebajar la tensión. Él mismo no tenía muy claro lo que estaban haciendo, pero pareciendo seguro de sí mismo y diciendo las cosas que decía llegaba incluso a creérselas.
– Paso nano. Voy a mear.
– Como quieras.

A las cuatro y dos minutos de la tarde Abelardo marcaba el 112 en su teléfono móvil y anunciaba que realizando una instalación de unas placas solares habían saltado unas chispas cerca de la maleza y había comenzado a incendiarse el monte bajo de los alrededores del lugar donde se encontraba. Su voz era apremiante, decía que habían intentado apagarlo por todos los medios pero que había sido imposible e imploraba que se dieran prisa en llegar al lugar del incendio, que hacía mucho calor y que el viento de poniente estaba provocando que el fuego avanzara muy deprisa.

Inmediatamente los medios de extinción se pusieron en marcha, pero las altas temperaturas, la alta velocidad del viento y el bajo índice de humedad desataron una catástrofe de dimensiones dantescas.

– ¿Qué hemos hecho? – Repetía consternado Pascual.
– Lo que querían que hiciéramos Pascual. – Replicó Abelardo.
– Esto es una puta barbaridad. ¡Mira, mira como arde todo!
– Lo es, y lo veo, pero piensa que si no lo hubiéramos hecho nosotros habrían sido otros. – Abelardo trataba de ser prágmatico. –  Somos afortunados porque, a no ser que se descubra el pastel, estaremos tres días en el calabozo y a casa.
– ¿Cómo puedes ser tan imbécil?
– ¿Cómo puedes ser tú, tan imbécil? Te guste o no el dinero que nos van a dar te va a sacar de todos los problemas en que estás metido. A mí me va a pasar lo mismo. Y total aquí no vive nadie, es puto monte bajo. – Abelardo trataba de quitar hierro al asunto.
– Como no apaguen esto rápido será algo más que puto monte bajo, ¡¿no lo ves?! Mira donde está el fuego ya.– Pascual estaba realmente angustiado.
– ¡Calla!, ya viene la guardia civil. Ya te sabes la historia, si no quieres acabar en el talego ya sabes lo que tienes que decir, dentro de dos años nadie se acordará de esto ni de los trabajadores imprudentes que lo provocaron.
– Qué asco… Yo sí que me acordaré ¿no lo entiendes? Esto ha sido un error, una cagada enorme. – Pascual se había arrepentido de su acto a los pocos minutos de haberlo acometido. Ya no había vuelta atrás.
– Es igual de asqueroso que mirar hacia atrás, antes de entrar en tu casa, por si nada más abrir la puerta te meten dentro de un empujón y te pegan una paliza. Elegiste esta opción. Elegimos esta opción. Lo difícil ya lo hemos hecho. Ahora sólo queda el final. ¡Vamos coño! Y no te rajes ahora, porque sólo Dios sabe lo que el viejo que nos ha embarcado en esto nos puede hacer.
– Está bien, habla tú. – Pascual se había resignado, lo que había hecho era irremediable.

Abelardo lo había conseguido de nuevo. Pascual Cortes prestó declaración como se esperaba de él. Cinco días después estaban en sus casas y el incendio había sido controlado. Nadie sospechó nada. Nadie advirtió que a ocho kilómetros, al este del foco del incendio, había un vertedero ilegal que necesitaba ser ampliado. El viento, al ser de poniente, sólo podía empujar el fuego hacia esa dirección. Tampoco fueron advertidas otras circunstancias reveladoras de que algo no encajaba. Y si alguien lo hizo, guardó silencio, miró hacia otro lado y en pocas semanas olvidó el incendio.

FGMD.